Sobre el centenario de Paulo Freire: Respuesta a la campaña de los reformistas

Con motivo del centenario de Paulo Freire, decidimos escribir esta nota, para señalar algunas de las limitaciones de la obra freireana, que aún parecen alejadas de la mayoría de los educadores, de los jóvenes y de la sociedad en su conjunto. Obviamente, esta crítica no debe confundirse en absoluto con la crítica reaccionaria y completamente fuera de lugar de Bolsonaro y los bolsonaristas contra el patrón de la educación brasileña. El delirio de la ultraderecha consiste en atribuir la responsabilidad del fracaso de la educación pública en Brasil a Paulo Freire y su obra. Mal saben estos estúpidos que poco se lee y conoce a Paulo Freire en las escuelas y universidades del país. Por el contrario, nuestra crítica es marxista y consiste en la necesidad de superar a Paulo Freire como respuesta a la lucha en el campo de la educación. También entendemos que la esencia de la crítica porista a la pedagogía freireana está contenida en el artículo de Guillermo Lora, escrito en 1993, publicado en la revista Hombre Nuevo en 1995, y traducido y publicado en la Revista Proletária da Educação nº 10 el año pasado. En este texto, Lora profundiza en algunos aspectos que mencionaremos aquí, principalmente el papel que asume y puede asumir la educación en el modo de producción capitalista.

Partimos de la comprensión que Paulo Freire avanzó sobre la educación tradicional, llamada «educación bancaria», en oposición a la educación que él propuso, llamada «educación liberadora», «educación problematizadora», etc., haciendo así la debida crítica a la forma tradicional de enseñanza, que separa la teoría de la práctica, sostiene la base memorística y reproductiva de la educación, y no cuestiona las relaciones sociales que rodean a la escuela. Sin embargo, la pedagogía freireana no va mucho más allá, ya que no señala el camino material, la lucha de clases, para la liberación del proletariado. De hecho, Freire no habla de la liberación del proletariado, de los oprimidos, de los explotados; habla de la liberación común de toda la humanidad, de la liberación de los opresores por los oprimidos. Ya en las primeras páginas de su libro principal, Pedagogía del Oprimido, encontramos: «[…] Y esta lucha sólo tiene sentido cuando los oprimidos, al buscar recuperar su humanidad, que es una forma de crearla, no se sienten idealisticamente opresores, ni se convierten, de hecho, en opresores de los opresores, sino en restauradores de la humanidad de ambos. Y ahí está la gran tarea humanista e histórica de los oprimidos: liberarse a sí mismos y a sus opresores».

Esta compasión por el opresor está enraizada en su religiosidad cristiana, que nunca abandonó a Paulo Freire, y lo situó definitivamente en el campo del idealismo. Paulo Freire nunca fue marxista, aunque ocasionalmente citaba las obras de Marx. Ser marxista, citando a Lenin, implica necesariamente el reconocimiento de la lucha de clases y su conducción a la revolución y dictadura del proletariado, bandera que Paulo Freire nunca levantó. Y tampoco podría, después de todo la dictadura del proletariado implica una forma de Estado, el Estado obrero, que como cualquier otro Estado es un instrumento de opresión de una clase sobre otra. Hoy vivimos en una dictadura de clase de la burguesía, una ultra minoría utiliza el Estado para oprimir a la inmensa mayoría. La dictadura del proletariado no es más que la utilización del Estado por parte de la mayoría absoluta, la clase obrera y los demás trabajadores, para reaccionar ante los intentos de restaurar la dictadura de la minoría burguesa sobre la mayoría explotada. La definición marxista de revolución y dictadura proletaria se opone al sentimentalismo religioso de los opresores. Además, la idea de que el opresor reside en el oprimido es una flagrante falsificación de las relaciones sociales en el capitalismo. Cualquier manifestación opresiva entre los explotados es únicamente el resultado de la descomposición capitalista y de la división social del trabajo, que mutila a los trabajadores física y mentalmente.

Todavía en el campo del idealismo, Paulo Freire lleva la idea de una humanidad abstracta que debe ser rescatada. En este sentido, el opresor es un «sujeto deshumanizado». Así, no comprende que no se trata de analizar al individuo (capitalista) opresor, sino a una clase, que actúa más allá de los intereses individuales. En rigor, como dice Marx en El Capital, «El capitalista sólo posee un valor ante la Historia y el derecho histórico a existir, mientras funcione como personificación del capital», es decir, no es un sujeto con intereses personales de explotación y opresión, que espera ser salvado por los oprimidos, como nos quiere hacer creer Freire en su pedagogía. Lenin, en una de sus «Cartas desde lejos», criticando el llamamiento de Gorki a la paz al nuevo gobierno provisional, dice: «Los capitalistas no pueden renunciar a sus intereses más de lo que un hombre puede levantarse tirándose de su propio pelo»; así, usa la analogía de una ley física (3ª ley de Newton), para demostrar una ley económica fundamental, los capitalistas, como clase, sólo se mueven por la necesidad constante de valorizar el capital, no atienden, por tanto, a apelaciones emocionales o convincentes. Todo esto se pierde en el idealismo freireano.

«Paulo Freire se aleja de la política revolucionaria», es el título del texto de Lora, que corresponde a la realidad. La religiosidad de Freire le hace lanzar una pedagogía del amor, de la esperanza, etc., ocultando la experiencia histórica y la ciencia materialista que nos muestra que el proceso revolucionario es siempre violento. Son las masas en armas, organizadas y dirigidas por el proletariado con su partido, las que pueden hacer la revolución. En la lucha de clases no hay lugar para las abstracciones y las nobles intenciones humanitarias.

Pero la esencia de la limitación de la pedagogía de Paulo Freire, que constituye su alejamiento del marxismo y de la teoría revolucionaria, es la inversión de la relación entre la estructura y la superestructura, es decir, lo que determina en última instancia el mundo. Para Paulo Freire, la escuela/educación es el espacio fundamental para el cambio, a través de la elevación de la conciencia de los sujetos que, críticos y conscientes de su papel como oprimidos en el mundo, actuarán para la transformación (sin decir claramente cómo se producirá esta transformación: ¿revolución? ¿voto consciente? no lo sabemos). Una de sus ideas más reproducidas dice: «La educación no transforma el mundo. La educación cambia a las personas. Las personas transforman el mundo». Aunque es una verdad evidente que son las personas las que transforman el mundo, sitúa a la Educación (superestructura) en un papel privilegiado, con el potencial de cambiar el modo de producción (estructura). La realidad de la educación pública es la prueba más concreta de esta imposibilidad. En el mundo real, así funcionan las cosas, es la estructura, es decir, la producción, la que determina, en última instancia, sus manifestaciones superestructurales, como la Educación. La educación en el capitalismo tiene la función de garantizar el mantenimiento de la explotación de los trabajadores y la producción de plusvalía.

Este etapismo es profundamente dañino para la lucha revolucionaria, porque conlleva la idea de que primero hay que pasar por un largo proceso de educación crítica de las masas, para sólo después pensar en revolucionar la sociedad. Esto ignora la propia historia, que nos muestra que las grandes revoluciones, como la rusa, fueron hechas precisamente por las masas incultas, impulsadas por sus necesidades más básicas, organizadas y dirigidas por su partido revolucionario. Una nueva educación será el fruto de un nuevo modo de producción, de una nueva sociedad, y no lo contrario.

Esto no significa que no haya lucha y disputa en la escuela y por la escuela, pero el papel revolucionario de la escuela está lejos de su funcionamiento cotidiano, en los cursos supuestamente innovadores o en la didáctica. El carácter de clase de la escuela se pone de manifiesto cuando los que asisten a ella -estudiantes y trabajadores- emprenden la lucha por sus condiciones de vida y utilizan los métodos de la clase obrera y otros oprimidos. La escuela choca con el capital cuando sus trabajadores van a la huelga, realizan bloqueos, movilizaciones de masas, cuando los estudiantes ocupan las escuelas, etc. Ahí está el potencial revolucionario que puede surgir de la escuela. La lucha de clases se expresa en la escuela, y es a través de ella que la juventud oprimida y los educadores se vincularán al programa transformador del proletariado. Este programa tiene como base la transformación de la propiedad privada de los medios de producción en propiedad social. Es en esta lucha contra la dominación burguesa donde se abre el camino para el fin de la escuela de clase y la constitución de la escuela social.

No es casualidad que el grueso de los homenajes a Paulo Freire provenga del campo reformista, ya que su teoría encaja perfectamente con la plataforma política de partidos como el PT y sus aliados, que defienden la elección de sus representantes para gestionar el Estado burgués, y así hacer reformas graduales que supuestamente mejorarán la vida de los oprimidos. En educación, defienden la formación de sujetos críticos y transformadores. En la práctica, cuando están en el poder, concilian con la clase de propietarios, transfieren miles de millones al sector privado y deterioran las condiciones de trabajo de profesores y trabajadores del estado. Paulo Freire pasó más de 10 años en el Partido de los Trabajadores, llegando incluso a ser Secretario de Educación de la ciudad de São Paulo.

Concluimos con una frase del artículo de Lora, donde pone de manera precisa la limitación de la esencia del trabajo freireano: «De una manera más precisa, la educación está en la trinchera ocupada por las relaciones de producción y no en la barricada de la fuerza de trabajo, la única que amenaza y se encamina a destruir una determinada sociedad. Es inconcebible la posibilidad de que la educación, desarrollándose en el marco de la vieja sociedad, se convierta en la punta de lanza manejada por el proletariado para derribar a la burguesía». La tarea, en este centenario de Paulo Freire, es superar la visión idealista y reformista de su obra, y luchar por la elevación del nivel de conciencia de las masas, a través de la lucha de clases y de su propio partido. Es en la lucha donde el proletariado se mueve y se educa, asimilando las experiencias históricas y forjando las condiciones concretas para la transformación, a través de la revolución y dictadura proletarias.

 

(POR Brasil – MASAS nº648)

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