21 de enero de 1924 – Memoria eterna a Lenin

A 98 años del fallecimiento de Vladimir Ilyich Ulianov (Lenin): memoria Eterna al dirigente de la Revolución Rusa de 1917

Publicamos abajo el capítulo VII del libro “Lenin”, de León Trotsky, 21 de abril de 1924


CAPÍTULO VII – LENIN EN LA TRIBUNA

Después de la Revolución de Octubre los fotógrafos captaron más de una vez a Lenin, también fue filmado. Su voz resonó en los discos de fonógrafo. Sus discursos se taquigrafiaban y se imprimían. Así es como poseemos todos los elementos de Vladimir Ilich. Pero tenemos más que los elementos. La personalidad viva no se encuentra más que en su combinación siempre dinámica e inimitable.

Cuando procuro mentalmente, con mis oídos y mi ojos, ver y oír a Lenin en la tribuna como al comienzo, descubro a un hombre de mediana estatura, fuerte y flexible, y oigo una voz rápida, igual, ininterrumpida, tal vez sorprendente, casi sin pausas y al comenzar sin énfasis alguno.

Las primeras frases son por lo común generalidades; el tono es el de un hombre que tantea su auditorio; el cuerpo del orador parece no haber encontrado aún su equilibrio; los gestos no son precisos. La mirada está absorta en el pensamiento interior; el rostro, es más bien sombrío y como un poco contrariado. Su pensamiento procura encontrar la manera de acercarse al auditorio. Este período de introducción dura mucho o poco, según el público, el tema y el estado de ánimo del orador. Pero de pronto encuentra la materia que va a tratar. El tema se vuelve claro. El orador inclina hacia adelante la parte superior del cuerpo, poniendo sus pulgares en los contornos del chaleco.

Como resultado de este doble movimiento su cabeza y sus manos van hacia adelante. La cabeza no parece grande sobre el cuerpo pequeño pero robusto, bien formado y rítmico. Pero sus cejas y su frente lisa y arqueada parecen enormes. Sus brazos se mueven activamente, aunque sin nerviosismo ni movimientos inútiles. La mano es ancha, con unos dedos cortos, plebeya, fuerte. En ella tiene los mismos rasgos de confianza y de firme afabilidad que la totalidad de su figura. Esto podía verse mucho mejor cuando el orador se agitaba dándose cuenta de la estratagema de su adversario, o cuando lograba hacerlo caer en su trampa.

Entonces de la poderosa protuberancia de la frente y del cráneo se destacaban los ojos de Lenin, tal como figuran en una excelente fotografía que le tomaron en 1919.

Hasta el espectador más indiferente se sobresaltaba cuando observaba esta mirada, y se preguntaba qué iba a suceder. Los ángulos de sus mejillas huesudas se iluminaban y a menudo en aquellos momentos de intensa concentración mental se suavizaban, subrayando su don de conocimiento de la gente, de las relaciones sociales, de la situación. La parte inferior de su rostro, con su barba gris rojiza, quedaba de alguna manera en la sombra. La voz perdía su dureza, se tornaba flexible y suave y en algunos momentos maliciosamente insinuante.

Pero en cierto momento el orador introducía en su discurso una posible objeción de un adversario o una cita del artículo de un enemigo. Antes de plantear la idea hostil demuestra perfectamente que la objeción es infundada, superficial o falsa. Aparta los dedos de su chaleco, echa hacia atrás su cuerpo y retrocede algunos pasos como para dejar espacio para el ataque; mueve los hombros con una mezcla de ironía y de un aire desesperado, y extiende ambas manos separando los pulgares de manera expresiva.

Condena al adversario, lo ridiculiza o lo confunde –según el adversario y la ocasión– antes incluso de haberlo refutado.

El oyente sabe de antemano a qué tipo de experiencias tiene que atenerse y qué actitud mental debe tomar. Entonces se abre la ofensiva lógica. La mano izquierda se vuelve a ubicar a veces en el contorno del chaleco, otras, más a menudo, en el bolsillo del pantalón; la derecha acompaña el curso lógico de su pensamiento y marca un ritmo. Cuando conviene, la izquierda ayuda a la derecha. El orador se torna hacia su auditorio, va hasta el extremo de la tribuna, se inclina hacia adelante y elabora con amplios movimientos su material oratorio. Esto significa que ha llegado al pensamiento central, al punto culminante de su discurso.

Si hay adversarios en el auditorio, de vez en cuando se oyen exclamaciones hostiles o críticas. De cada diez casos, nueve no obtienen contestación. El orador dirá lo que quiere decir, para aquellos a quienes cree bueno dirigirse, y de la manera que considere necesario. No le agrada desviarse para replicar a uno u a otro. Las ocurrencias rápidas, durante su discurso, no eran parte de su pensamiento concentrado. Únicamente, luego de interrupciones hostiles, su voz se vuelve más severa, su discurso es más compacto e impresionante, su pensamiento más agudo, sus gestos más bruscos.

Solamente toma en cuenta una interrupción hostil si responde al curso general de sus pensamientos y le ayuda a llegar más rápidamente a la conclusión necesaria. Pero entonces sus respuestas son inesperadas por su sorprendente simplicidad. Pone al desnudo una situación, precisamente en el momento en que se esperaba que, más bien, la ocultase.

Los mencheviques pudieron experimentar esto más de una vez en los primeros períodos de la revolución, cuando acusaban al bolchevismo de violar la democracia y cuando estas acusaciones todavía conservaban su frescura.

“¡Nuestros periódicos han sido suspendidos!”

– ¡Naturalmente! Pero por desgracia todavía no todos. Pronto todos lo serán. (Aplausos estrepitosos). La dictadura del proletariado cortará de raíz esta propaganda, impedirá este vergonzoso tráfico del opio burgués. (Aplausos estrepitosos).

El orador se enderezaba. Tenía ambas manos en los bolsillos. No había ningún rastro de “pose”, la voz no tenía ninguna modulación retórica, toda la figura, la posición de su cabeza con sus labios apretados, los pómulos y el tono ligeramente ronco de su voz, expresaban firme confianza en su justicia y en su verdad. “Si ustedes quieren pelear, peleemos, pero como es necesario”.

Cuando el orador golpeaba no ya a un enemigo, sino a uno de los suyos, esto podía percibirse por el tono y el semblante. Hasta los ataques más violentos guardan, en ese caso, el carácter de un método para “hacer razonar” al otro. De vez en cuando la voz del orador se quebraba en una nota alta; esto sucedía cuando denunciaba con violencia a alguno de los suyos, lo desconcertaba y probaba que el oponente no había aportado idea alguna y que no podía fundamentar en lo más mínimo sus objeciones. Mientras hacía estas protestas su voz llegaba a veces al falsete y se quebraba, con lo que el discurso más terrible cobraba un matiz de bondad.

El orador había expuesto toda su idea hasta el final, hasta el último resultado práctico; pero solamente la idea, no su forma de exponerla, a excepción de algunas expresiones y frases brillantes, sucintas, pertinentes, precisas, que entonces entraban como práctica corriente en la vida política del partido y del país. La construcción de las frases es generalmente densa, saturada; una proposición se esconde o se interpenetra tras la otra. Semejante construcción era una dura prueba para los taquígrafos y luego para los editores. Pero a través de estas densas frases, se abría camino vigorosamente su pensamiento intenso y poderoso.

¿Pero el orador es realmente un marxista profundamente instruido, un teórico de las ciencias económicas y un hombre de inmensa erudición? ¿No parecía, por lo menos en algunos momentos, como si estuviera hablando un autodidacta extraordinario, que ha llegado a todos esos resultados por su propio pensamiento, que ha creado todo eso en su propio cerebro, sin ninguna instrumentación científica, sin ninguna terminología rigurosa y que por eso lo presenta a su manera? ¿De dónde procedía esta ilusión? Esta procedía de que el orador, después de haber meditado la cuestión por su propia cuenta, y seguía reflexionando ubicándose desde el punto de vista de las masas, aplicando a su pensamiento la experiencia de éstas, a fin de quitar completamente a su exposición todos los aparatos teóricos que le habían servido para construir su discurso.

A veces, sin embargo, el orador subía precipitadamente los escalones de su pensamiento y saltaba varios peldaños: actuaba así cuando la conclusión le parecía que quedaba lo suficientemente clara, evidente, cuando se volvía urgente alcanzarla; si necesitaba dirigir hacia allí a sus oyentes lo antes posible.

Pero se daba cuenta en seguida de que el auditorio no podía seguirlo, que la conexión con sus oyentes se distendía. Entonces reaccionaba, daba un paso atrás y comenzaba su disertación otra vez, pero ahora con un paso más calmo y moderado. Su propia voz se modifica, ya no se siente el exceso de intensidad del inicio; se cubre de matices persuasivos.

Este retroceso, este ir y venir, perjudica, naturalmente, a la construcción del discurso. ¿Pero se hace un discurso por el simple placer de construirlo bien? ¿Hay necesidad, en un discurso, de otra lógica que la que determinará la acción?

Y cuando el orador llegaba nuevamente a su conclusión, acompañado ahora por todos sus oyentes, sin excepción, se percibía en la sala la sensación física de su éxito, se experimentaba el feliz ejercicio del pensamiento colectivo.

No faltaba más que recalcar dos o tres veces la conclusión, de manera que penetrase bien, dándole una expresión simple, clara y plástica que quedase impresa en la memoria, y entonces podía concederse a sí mismo y a los demás una pausa para retomar el aliento, podía bromear y reír, para que durante este tiempo el pensamiento común absorbiese fácilmente su nueva adquisición.

El humor oratorio de Lenin era tan sencillo como sus demás recursos, si puede hablarse de recursos. Pero no se encontrará en los discursos de Lenin lo que se llama “idealismo” ni mucho menos “vanguardismo”; él tiene la gracia delicada, comprensible para las masas, popular en el verdadero sentido de la palabra. Si la situación política no era demasiado alarmante, si la mayoría de los oyentes le era adicta, entonces el orador se permitía alguna broma. El auditorio aceptaba de buena gana la observación astuta, ingenua, jocosa, que equivalía a una caracterización despiadada o bonachona, porque veía que no se trataba de una sencilla cuestión de palabras más o menos ingeniosas, sino que detrás había algo que conducía a un fin.

Cuando el orador hacía algún chiste, la parte baja de su cara se proyectaba con más fuerza, especialmente la boca, que se reía contagiosamente. Las arrugas de su frente y de su cabeza se hacían cada vez más suaves; los ojos no centelleaban, pero brillaban alegremente; la tensión vigorosa de su inteligencia se suavizaba bajo el influjo de la bondad y de la satisfacción.

La característica sobresaliente de los discursos de Lenin, como la de toda su obra, era la tensión hacia el objetivo. No buscaba dar arengas, sólo buscaba llevar hacia una conclusión que llamase a la acción.

Abordaba a sus oyentes de diversas maneras; explicaba, buscaba convencer, incriminaba, bromeaba, convencía de nuevo y explicaba otra vez. Lo que daba unidad a su discurso no era un plan previamente establecido, sino un objetivo práctico netamente definido, rigurosamente marcado por la realidad presente, esta es una idea cuyo aguijón debe entrar y alojarse en la conciencia de los oyentes.

A este fin esencial se subordina el humor de Lenin. Su sentido del humor le era útil. Cada palabra mordaz perseguía un fin práctico: era necesario fustigar a unos, era necesario refrenar a otros. Entonces entran en juego expresiones que han permanecido en el vocabulario de nuestra política67. Pero antes de emplear tales frases el orador describía algunas curvas, a fin de encontrar el punto desde donde plantearlas. Cuando lo encontraba, las introducía como un clavo, se apartaba un poco para ver mejor, y con un gran gesto les daba un golpe fuerte con su martillo, una, dos, tres, diez veces, hasta que el clavo se mantenía firme, de tal manera que hubiera sido muy difícil arrancarlo antes de que hubiese prestado sus servicios. Entonces Lenin golpeaba el clavo otra vez, con una observación chistosa, por la izquierda y por la derecha, para aflojarlo, hasta que lo sacaba y lo lanzaba al hierro viejo de los archivos, con gran disgusto de todos los que se habían ido acostumbrando al clavo.

Y ahora el discurso se acerca a su fin. Se realizan los últimos cálculos, las conclusiones están firmemente sentadas. El orador parece un obrero agotado por su trabajo pero feliz de haber hecho bien su tarea. De vez en cuando se pasa la mano por la cabeza calva llena de gotas de sudor. La voz no tiene la misma vehemencia, se extingue como el fuego de un campamento. Es posible terminar. Es en vano esperar un final electrizante que corone el discurso y sin el cual pareciera que no se puede abandonar la tribuna. Un final brillante era indispensable para los demás; Lenin no lo necesitaba. No concluía sus discursos retóricamente; acababa su trabajo y ponía punto final. “Si nos convencemos de esto, si obramos de esta manera, entonces podemos estar seguros de triunfar”, no es una frase final extraordinaria. O “se debe luchar por esto, no con palabras, sino con hechos”. O a veces con mayor sencillez decía: “Esto es todo lo que necesitaba deciros”. Y nada más. Y la conclusión, que correspondía enteramente al tipo de elocuencia de Lenin y a la naturaleza del propio Lenin, no enfriaba de manera alguna su auditorio. Al contrario, después de una conclusión así, sin efectismo, “gris”, la multitud parecía volver a captar con una chispa de inteligencia todo lo que Lenin les había dicho en su discurso: el auditorio rompía en un aplauso tempestuoso, entusiasta y agradecido.

Pero Lenin ha reunido ya sus papeles y rápidamente abandona la tribuna, a fin de escapar a lo inevitable. Su cabeza se hunde entre sus hombros; su barba se inclina; sus ojos desaparecen bajo las cejas; su bigote se eriza rabiosamente sobre el labio fruncido con un dejo de fastidio. El murmullo del aplauso crece y los gritos llegan en ondas tempestuosas. “¡Viva Lenin… el jefe… Ilich!” Allí, en el resplandor de las luces eléctricas, la cabeza se destaca, rodeada de enormes oleadas de entusiasmo; y cuando parece que la tempestad ha llegado a su momento culminante, súbitamente, a pesar de la confusión, del tumulto y el aplauso, como una sirena en una tormenta, una voz joven, entusiasta y forzándose a sí misma, grita: “¡Viva Ilich!” Y de las íntimas y trémulas profundidades de solidaridad, amor y entusiasmo, se levanta un grito general, que sacude las piedras: “¡Viva Lenin!”

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