Irán: Protestas contra la opresión religiosa abren una vía a la lucha de clases

El asesinato de la joven kurda Masha Amini a manos de la Policía de la Moral, por no «vestir adecuadamente» el velo islámico, el 13 de septiembre, desencadenó una ola de manifestaciones en todo el país. Las mujeres quemaron sus velos en protesta por las rígidas normas teocráticas, que reprimen la libre manifestación de la individualidad y sexualidad de las mujeres. Más de 40 manifestantes fueron asesinados y miles fueron detenidos. Entre los muertos, hay varios policías.

Bajo el régimen teocrático, la Policía de la Moral tiene la tarea de vigilar la conducta y la vestimenta de la población femenina en los espacios públicos. Pueden registrar la vestimenta y detener a quien no respete la ley islámica. Los castigos van desde las y prisión hasta latigazos.

El rígido código de vestimenta es una herencia de las relaciones sociales feudales, que se han conservado incluso después de la inserción de Irán en el mercado mundial capitalista. Es una marca distintiva del carácter desigual y combinado del atraso del país. Sin embargo, cuanto más se ha visto obligada la sociedad iraní a mantener una relación de interdependencia, no sólo económica sino también cultural, con el modo de producción y la cultura de los países capitalistas avanzados, más han penetrado los deseos y más se han reflejado en Irán los logros de los movimientos de lucha por la expansión de los derechos civiles, democráticos y económicos. Por ello, el movimiento revolucionario que derrocaría a la monarquía proimperialista del Sha Mohammad Reza Pahlevi no sólo integró sino que despertó a las mujeres en sus reivindicaciones y lucha política.

Tras la victoria del levantamiento de masas y la constitución de la República Islámica (1979), el régimen teocrático nacionalista-burgués restableció la estricta ley islámica en nombre del rechazo a la tendencia a la «occidentalización» de Irán. De un día para otro, las mujeres que participaron activamente en la revolución se vieron despojadas de sus libertades y confinadas en sus hogares. Sus aspiraciones de emancipación individual y de ampliación de los derechos civiles se vieron frustradas. Poco después de consolidarse el régimen teocrático, tuvo lugar la primera gran manifestación de mujeres. Decenas de miles de personas se rebelaron contra la ley del hiyab obligatorio (ropa que cubre todo el cuerpo de las mujeres) instituida por la nueva constitución islámica.

Sucede que la insurrección antiimperialista, sin partido revolucionario, no pudo desarrollar ampliamente las bases de una revolución democrática profunda, que arrojara los prejuicios religiosos y el oscurantismo al basurero de la historia, imponiendo la igualdad de la mujer ante las leyes, como ocurre formalmente en las democracias burguesas más desarrolladas. Tampoco se puede ignorar que la casta teocrática chiíta, durante décadas el centro ideológico que daba cobertura retórica a la revuelta contra la monarquía, había echado profundas raíces en el movimiento de los oprimidos. Una vez consolidada la victoria revolucionaria de las masas, el nuevo régimen nacionalista burgués, con la cobertura religiosa adaptada a la explotación salarial, impuso la represión ideológica.

Es evidente que la confluencia de la religión y la insurrección antiimperialista de las masas correspondía no sólo a las consecuencias de la brutal opresión imperialista, sino también al bloqueo de las transformaciones democráticas, propias de un país atrasado que aún conservaba relaciones semifeudales, las cuales, para realizarse, dependían de la revolución proletaria. Pero debido a la ausencia de un partido revolucionario marxista-leninista-trotskista, capaz de levantar al proletariado (que había mostrado su instinto revolucionario en las huelgas petroleras, en la lucha por el derrocamiento del régimen monárquico), como dirección de la nación oprimida, la burguesía nacional iraní logró expropiar la victoria insurreccional a las masas, gracias a la ayuda de la casta religiosa chiíta.

La tendencia de la situación política actual es muy diferente. Se caracteriza por el predominio de las tendencias a la contrarrevolución burguesa. La descomposición capitalista empuja a los gobiernos a atacar violentamente las condiciones de vida de las masas y a intensificar la opresión nacional. El nacionalismo burgués iraní, al igual que el movimiento islámico en todo Oriente Medio, no ha completado ninguna de las tareas democráticas pendientes (revolución agraria, autodeterminación nacional, industrialización, etc.). Rápidamente se convirtió en un canal de expresión de los monopolios extranjeros. Avanzó el entreguismo y aplicó, una tras otra, todas las contrarreformas. En un momento en que la crisis capitalista mundial da un salto, y el bloqueo imperialista profundiza estas contradicciones, el régimen teocrático y la burguesía nacional iraní no tienen forma de preservar sus beneficios e intereses, sin descargar aún más violentamente los estragos de la crisis sobre las masas oprimidas. Y se enfrentan a enormes dificultades para romper el aislamiento impuesto por Estados Unidos y el Estado sionista de Israel. Obligados a descargar la crisis económica sobre los trabajadores, se enfrentan a huelgas y protestas, movidos por la creciente miseria y pobreza de las masas, así como por las restricciones a la clase media urbana.

El aumento exponencial de los precios, la espiral de la inflación, la destrucción de los derechos laborales y la congelación de los salarios han impulsado recientemente varias huelgas, como las de los conductores y de los profesores, contra el fin de los contratos temporales y las tasas de matrícula, exigiendo que se garantice el acceso libre y gratuito. En este marco, la revuelta y la manifestación de las mujeres amplía las camadas sociales y populares que chocan con el régimen teocrático.

A pesar de las brutales represiones, el régimen nacionalista-burgués islámico se debilita ante la potenciación de la lucha de clases. Es lo que viene ocurriendo desde 2019, cuando estalló una revuelta popular contra la subida del precio de los combustibles. O también en 2020, cuando estalló la huelga de los trabajadores petroleros tercerizados por salarios, mejores condiciones laborales, fin de los contratos precarios, planes de salud, libertad de expresión y asociación sindical. En esa ocasión, surgió la formación de los Comités de Huelga, una forma avanzada en la experiencia del proletariado iraní. La burocracia sindical, agente del régimen teocrático y de la burguesía nacional y extranjera, fue superada por las bases. La creación de estos órganos de democracia obrera hizo aflorar el instinto proletario de conquistar su independencia. Fue sintomático que la huelga confluyera con la altísima abstención electoral (70%), contra la farsa democrática de ese año, utilizada para gestionar las divisiones internas del régimen y estimular las ilusiones democráticas.

Lo esencial para establecer una posición clara respecto a la revuelta de las mujeres iraníes contra el reaccionarismo religioso, y contra las normas morales caducas, es comprender que es una manifestación particular de la opresión de clase. El oscurantismo que domina las relaciones sociales, afectivas y familiares es un instrumento de control ideológico y de reproducción de las relaciones capitalistas adaptadas a las particularidades del país semicolonial y atrasado. La lucha por la igualdad entre mujeres y hombres en todos los ámbitos de las relaciones económicas, políticas y sociales crea las condiciones para integrar la lucha democrática a la política de los explotados y oprimidos, por el fin del régimen burgués dominante. Esto se expresó en las manifestaciones con la confluencia de las pancartas «Mujeres, vida y libertad» y «Fin de la dictadura».

Sólo la revolución proletaria puede dar a las mujeres la plena igualdad de derechos. Por lo tanto, la conquista de los más elementales derechos democráticos para las mujeres requiere la lucha conjunta de mujeres y hombres por el fin de la explotación del hombre por el hombre. Sólo así se superará definitivamente la carga ideológica de la religión, puesta al servicio de los capitalistas, internos y externos. La permanencia y extensión de las protestas democráticas, económicas y políticas son propicias para que la vanguardia clasista y revolucionaria presente su propio programa para los explotados, defendiendo los métodos de lucha colectiva y la democracia obrera, que les permita avanzar en su independencia política, bajo la estrategia y programa revolucionarios.

(POR Brasil – Masas nº674)

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