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¿EL PAN A $140 EL KILO?

 

Los productos más esenciales son los que más suben de precio. Este es el precio que seguimos pagando por dejar que Macri siga y siga hasta el final. ¿Será distinto con el nuevo gobierno?

 

Los panaderos de Buenos Aires informan que sigue cayendo el consumo de pan, que han cerrado 2000 panaderías en los últimos años y advierten que habrá otro aumento del precio del pan. Dicen que en la próxima entrega de harina llegará con aumento de entre $150 y $200 la bolsa de 50 kilos, que esperan llegue $1.300. Desde el 2015 la harina subió 1.060%. Además, los molinos no entregan especulando con que la cotización del dólar se vuelva a disparar.

 

En algunos barrios ya se vende a $140, en la mayoría se paga entre $100 y $120.

 

Los molineros se justifican diciendo que les piden $14.000 o $15.000 la tonelada de trigo, cuando en los Estados Unidos se paga 180 dólares (a la cotización actual serían $11.400).

 

Todo el tiempo se repite esta historia, con productos esenciales. ¿Cuáles son las claves para tener derecho a comer pan? Los diarios Clarín y Nación, voceros de la oligarquía, dicen que el agro-negocio es muy efi ciente, produce muchas más toneladas que las que demanda el mercado local y que el producto tiene un precio internacional que todo el mundo conoce, y que hay que pagar ese precio… y el que no puede que no consuma, así de simple.

 

El precio de la harina no se establece en función de los costos de producción locales sino que se parte de ese precio internacional, lo que dicta el “mercado”.

 

El precio internacional oscila entre 150 y 200 dólares la tonelada, con tendencia a la subida en este año. La cotización del dólar se ha elevado 600% desde 2015 y todo indica que seguirá subiendo. Las retenciones a las exportaciones se anularon en 2015 y se restablecieron hace un año en $4 por cada dólar exportado.

 

El vendedor de trigo toma el precio internacional, lo multiplica por la cotización del dólar, le resta las retenciones, y así establece el precio que como mínimo le cobrará a los molinos harineros.

 

El molino, a su vez, acumula trigo y harina, porque también para ellos es como tener dólares, suben el precio de acuerdo a la cotización esperada. Comprar trigo y vender harina es como comprar y vender dólares.

 

Todos los que intervienen tienen grandes ganancias. Una parte del problema es el precio dólar del trigo y las devaluaciones constantes del peso. Nuestros ingresos, por el contrario, son en pesos y se ajustan por debajo de la inflación y por debajo del ajuste del dólar, por eso se hace más inalcanzable pagar el precio de un producto tan elemental como el pan.

 

Otro factor que incide fuertemente es la renta de la tierra. La oligarquía terrateniente, parásita, alquila sus campos y fija también su precio en dólares.

 

¿Cómo terminar con esta cadena para que todos podamos comer pan, pagando un precio razonable? ¿Para qué le sirve al país que se produzca más y mejor si los que vivimos acá no podemos comprar un kilo de pan?

 

Nos responden: el “campo” genera miles de millones de dólares que necesita el país, “si el precio del pan no lo pueden pagar no es nuestro problema”. Los miles de millones de dólares que genera la exportación son fugados por esos mismos exportadores u otros capitalistas, no quedan en la economía.

 

La siembra ocupa 5.6 millones de hectáreas, concentrada en 3 provincias y se cosecharon 18.7 millones de toneladas (campaña 2017/18). El consumo interno es de apenas 3.5/4 millones de toneladas. El rendimiento por hectárea se ha duplicado en los últimos 40 años y en los últimos 20 años ha crecido casi 50%.

 

Crece la producción total, crece la productividad, crece el precio internacional, y crecen las ganancias de todos los sectores capitalistas de la cadena, desde la producción hasta la venta y CAE el consumo por habitante desde 98 kilos al año en 2010 a 82 kilos en 2018 y se proyecta una caída más grave en este año.

 

Esta es la representación más gráfica de la incompatibilidad de este régimen de producción capitalista con las necesidades de la gran mayoría de la sociedad.

 

Semejante producción en manos de un puñado de familias dueñas de la tierra, un puñado de empresas del agronegocio, y un puñado de 240 molinos en manos de 160 empresas. Y millones de personas que no pueden siquiera comprar el pan de cada día

 

Para terminar con semejante inequidad lo primero es terminar con la gran propiedad terrateniente. Parásitos ricachones a más no poder que detentan gran parte del poder real en el país hundiendo en la miseria a la mayoría. Y el trigo que se produzca será entregado a los molinos para que lo procesen y vendan de acuerdo a sus costos reales, en pesos.

 
HUELGA GENERAL CONTRA LA REFORMA DE LAS PENSIONES DE MACRON

 

La huelga general nacional convocada por los sindicatos contra la reforma a las pensiones del gobierno, con bloqueos en sectores claves de la economía, como los trenes, los puertos, las refinerías o los transportes metropolitanos de París ha paralizado efectivamente al país.

 

Los agentes ferroviarios, los camioneros, los estudiantes, los abogados, los bomberos, las trabajadoras de los hospitales, los empleados de suelo de Air France, etc., hace falta una lista enorme para enumerar a todos los sectores implicados.

 

El gobierno quiere transformar el actual modelo de 42 regímenes de cotización en un único sistema por puntos. Una medida revestida con un barniz de igualdad con la promesa de que “un euro cotizado dará los mismos derechos a todo el mundo”. Sin embargo, con su entrada en vigor, prevista para 2025, los futuros pensionistas percibirán una jubilación entre un 15% y un 23% menos que la de sus conciudadanos que se jubilen ahora a los 64 años con el mismo perfil profesional, salario y años cotizados, según el colectivo ciudadano Réforme des Retraites (Reforma de las Pensiones)

 

“La reforma de las pensiones de Macron favorecerá una devaluación de la protección social francesa”, advertía la economista Annie Jolivet a mediados de noviembre. Si esta medida se ve culminada, las pensiones se calcularán a partir de los puntos obtenidos a lo largo de la carrera profesional. Es decir, dejará de hacerse en función de los seis últimos meses en el caso de los funcionarios o los mejores 25 años en los asalariados del privado. “Está claro que habrá una reducción de las pensiones”, advertía Jolivet.

 

Son numerosos los sectores que saldrán perdiendo con su aprobación. Quizás los únicos que pueden obtener una ligera mejora son los campesinos, los artesanos, los pequeños artesanos o las mujeres con hijos. Estos perfi les disponen de unas pensiones muy modestas, de 970 euros de media en el caso de los agricultores. Podrían mejorar si el gobierno cumple con su promesa de que “una carrera completa tendrá una pensión mínima de 1.000 euros”. Pero esto dependerá de la letra pequeña y la sensibilidad social del ejecutivo, marcado hasta ahora por su sesgo derechista.

 

“Esta huelga expresa un malestar que va más allá de los motivos expuestos, se trata básicamente de la lucha de clases”, afirma el politólogo Thomas Guénolé, autor del libro Antisocial. Según este analista, “como ya sucedió con los chalecos amarillos, esta movilización se caracteriza por haber sido impulsada desde abajo”. “Para no quedar aisladas de sus bases, las direcciones de los sindicatos no tuvieron más remedio que aceptarla”, añade. Según Guénolé, esta vez los dirigentes sindicales no pudieron apostar por una “acción suave” y movilizarse cada uno por su lado en busca de un puesto privilegiado en la mesa de negociación con el gobierno. Una estrategia que favoreció el fracaso de las protestas contra la reforma laboral de Macron en 2017.

 

Las políticas antiobreras de ajuste implementadas por todos los gobiernos burgueses, orientadas a precarizar las condiciones de trabajo y que apuntan a descargar el peso de la crisis sobre la clase obrera y las masas explotadas, viene empujando al proletariado a ganar las calles y resistir a través de la movilización y la acción directa dichas medidas.

 

Pero, invariablemente, en cada arremetida del proletariado y los oprimidos contra la burguesía y sus gobiernos, se hace más que evidente la crisis de la dirección revolucionaria, ya sea por su ausencia o por su debilidad y/o inexperiencia política y organizativa.

 

Este poderoso movimiento de claro contenido antiburgués, puede echar abajo la reforma neoliberal de Macron y agotarse sin más perspectiva, por falta de una dirección revolucionaria que cuestione la vigencia del capitalismo en decadencia.