Brasil: ¿qué esperar de las elecciones?

O la clase obrera conquista su independencia política y organizativa, o seguirá siendo incapaz de luchar contra el capitalismo, la pobreza, la miseria y el hambre

Carta a los trabajadores, a la juventud y a la vanguardia con conciencia de clase – 27 de septiembre de 2022

Está prácticamente concluida la campaña electoral de la primera ronda. La polarización entre Lula y Bolsonaro se mantiene. Los últimos datos de las encuestas confirman la derrota del presidente y la victoria del ex presidente de la República. Ambos candidatos son muy conocidos. Ya han demostrado lo que podían o no podían hacer ante los grandes problemas que afectan a la economía y afligen a los explotados. La mayoría de los oprimidos recuerdan su experiencia con los dos gobernantes, que sirvieron, sobre todo, a la burguesía. Los oprimidos no tuvieron forma de identificar el contenido de clase de ambos candidatos. Pero, por razones de necesidades inmediatas, vividas bajo gobernantes tan diferentes, el mayor rechazo recae en el presidente Bolsonaro que se presenta a la reelección.

Según las encuestas, el 51% de los brasileños rechaza a Bolsonaro, mientras que el 35% se opone al regreso de Lula. Así, la intención de voto por la continuidad de Bolsonaro es del 31% y por el regreso de Lula, del 48%. El alto rechazo a Bolsonaro podría dar la victoria a Lula en la primera vuelta. Esta predicción no es segura. En cualquier caso, Bolsonaro pasará a la segunda vuelta como perdedor. Sólo un gran giro inesperado deshará esta tendencia, señalada en vísperas de las elecciones.

La elección de Lula, ya sea en primera o segunda vuelta, está garantizada por las capas más explotadas, oprimidas y empobrecidas de la población. Entre los brasileños que ganan hasta dos salarios mínimos, el 53% tiene intención de votar a Lula y el 29% a Bolsonaro. Una gran parte de esta población que sufre una brutal explotación capitalista y condiciones de atraso económico se encuentra en el noreste. Todo indica que las familias campesinas y los pobres de la ciudad están más a favor de Lula que de Bolsonaro. Pero lo que ocurre en el sureste no es insignificante. Todo indica que la mayoría de la clase obrera condena las políticas de Bolsonaro aplicadas durante la pandemia. Objetivamente, repudia los acuerdos de reducción salarial, la aplicación de la reforma laboral, el cierre masivo de fábricas, el aumento del subempleo y el avance de la miseria y el hambre. También hay que tener en cuenta que la mayoría de los que ganan hasta dos salarios mínimos esta formada por negros discriminados en todos los aspectos de la vida social. Bolsonaro se identificó con la fracción burguesa y pequeño burguesa racista más reaccionaria. Tampoco es casualidad que la mayoría de las mujeres vieran el gobierno de Bolsonaro como un retroceso en comparación con las pequeñas concesiones obtenidas durante el gobierno del PT. Lo mismo ocurrió con las masas negras, especialmente con su juventud.

En resumen, las encuestas muestran que la mayoría explotada dará la victoria a Lula, destacandose las mujeres y los negros, a los que se pueden sumar las masas de jóvenes que se enfrentan al desempleo, al subempleo, a la informalidad y a la miseria. Bolsonaro cuenta sobre todo con las clases medias urbanas y rurales, que representan un importante contingente social. Evidentemente, Bolsonaro tendrá votos entre los pobres y miserables, incluyendo una porción minoritaria o ultraminoritaria de la clase obrera.

El papel de las iglesias evangélicas, en este sentido, tiene un peso considerable. Pero también han aparecido divisiones en las filas de los evangélicos, aparentemente debido al descontento de los jóvenes reclutados por las distintas nomenclaturas de las iglesias evangélicas. Por otro lado, Lula cuenta con el apoyo de gran parte de la Iglesia católica. La religión conserva una poderosa influencia sobre las masas explotadas. Esta influencia emerge con fuerza en las crisis sociales, en los momentos de mayor intensidad de la lucha de clases y en las elecciones. El aparato de las iglesias depende en gran medida de los beneficios financieros del Estado y de la política gubernamental. Por eso se proponen elegir representantes que les sean fieles y útiles. Sin un poderoso partido revolucionario, el proletariado y los demás oprimidos no tienen forma de emanciparse de la rígida influencia de la religión y del rico aparato de las iglesias.

También hay que añadir la unión de la gran mayoría de las centrales sindicales, especialmente la CUT y Força Sindical, en busca de la elección de Lula. Las viejas rencillas burocráticas se dejaron momentáneamente de lado.

En conjunto, estos factores pasaron a primer plano en las elecciones, reflejaron la polarización electoral y destacaron la tendencia de victoria de Lula. Bolsonaro amenazó todo el tiempo con no reconocer la derrota, sugiriendo la posibilidad de un fraude en las urnas electrónicas. Los militares respaldaron los ataques de Bolsonaro al Tribunal Superior Electoral (TSE). Acabaron imponiendo un recuento y un control paralelos. El Tribunal de Cuentas de la Unión (TCU) fue impulsado por el gobierno para auditar las elecciones. Empresarios y pastores evangélicos se unieron para financiar la campaña, ya regada de millones por el Fondo Electoral y el Fondo Partidario. La maquinaria estatal, contando con las fuerzas armadas y la policía, se desplegó en apoyo a los comicios electorales masivos, especialmente el 7 de septiembre. El gobierno y los bolsonaristas en el Congreso financiaron la «Ayuda Brasil», de R$ 600,00 a más de veinte millones de familias miserables, un monto muy superior a la «Bolsa Familia» de los gobiernos petistas. En la misma línea, llegó la «Bolsa Caminhoneiro» y otros subsidios electorales. La economía tuvo una pequeña reactivación, el desempleo se redujo y la inflación se contuvo, sin embargo, sin cambiar significativamente el panorama de subempleo, informalidad, salarios más bajos y alto costo de la vida.

Lo que Bolsonaro pudo hacer para mostrarse protector de los pobres y sectores de la clase media fue realizado. Sin embargo, no revirtió el rechazo de la mayoría de los brasileños, que apenas pueden sobrevivir con menos de uno o dos salarios mínimos, con desempleo y subempleo. Estas acciones demuestran hasta qué punto la democracia y el sistema electoral establecido por la burguesía brasileña coinciden con la dominación oligárquica del país, por tanto, con la dominación de la minoría de capitalistas. Es a partir de estas condiciones de dominación que tenemos un Congreso Nacional afecto a practicar el «presupuesto secreto», forjado en el gobierno de Bolsonaro, que garantiza enormes privilegios a los parlamentarios en la máquina del Estado y en las ramificaciones políticas en todos los estados de la federación. No sólo las cajas paralelas organizadas por los empresarios y las iglesias revelan el condicionamiento material, ideológico y político de las elecciones. El Fondo Partidario y el Fondo Electoral, sumados y conocidos como el «Fundão», gastaron R$ 4,9 mil millones de las arcas públicas para promover las campañas electorales de la oligarquía política que manda en Brasil, al servicio de industriales, banqueros, terratenientes y comerciantes.

La cuestión es cómo pudo el PT, que nació vinculado a los sindicatos y movimientos, superar la barrera de la oligarquía política. No es una pregunta sencilla de responder. Pero, en general, la causa se encuentra en la descomposición de la burguesía nacional, que recurrió al golpe militar de 1964, para aplastar la lucha de los explotados, y que sometió al país a veintiún años de régimen dictatorial, terminando en una gran crisis económica y política. Los viejos partidos burgueses, que apoyaban la dictadura de los generales, no lograron ganar y mantener la confianza de la mayoría oprimida. En estas elecciones no lanzaron una candidatura de la llamada «tercera vía», cuya representante es Simone Tebet, del MDB. El restablecimiento de las instituciones democrático-burguesas tras la dictadura fortaleció un partido de conciliación de clases, capaz de canalizar la revuelta del proletariado, de los campesinos pobres y de la clase media urbana arruinada en una política de sumisión de la mayoría oprimida a sus explotadores. Esta es la función histórica del PT y de su máximo dirigente, Lula. Una vez que consiguió ganar las elecciones y gobernar el país, el PT se integró completamente en las instituciones del Estado burgués y en la política oligárquica dominante.

El golpe de Estado institucional de 2016, que derrocó al gobierno petista de Dilma Rousseff, dio paso a la dictadura civil de Temer, rechazada por la mayoría de la población, y luego a la elección de Bolsonaro, expresión de la ultraderecha burguesa y pequeñoburguesa, cuyo fracaso permitió la revitalización del PT y la proyección electoral de Lula. En todo este proceso, el PT y su burocracia sindical no quisieron enfrentar las contrarreformas de Temer y Bolsonaro, respectivamente, la laboral y la previsional, así como las numerosas medidas antiobreras, que favorecieron la reducción del valor de la mano de obra, los despidos y el subempleo. Pero, estando en la oposición, el PT se reconstituyó en las condiciones de la crisis económica, social y política, marcada por la pandemia de dos años. Esto demuestra que las experiencias de las masas con el PT no se han agotado. Un partido de conciliación capaz de contener la lucha de clases tiene un valor inestimable para la burguesía, aunque no esté en su naturaleza.

Debido al rechazo de la mayoría oprimida a los viejos partidos oligárquicos y a los nuevos partidos artificialmente constituidos o impuestos, y a la incapacidad de Bolsonaro para seguir gobernando, Lula llevó a su candidatura a parte de los políticos de los viejos partidos, desde el MDB hasta el PSDB. El acercamiento entre Lula y Alckmin, ex gobernador de São Paulo por el PSDB, que se incorporó a la candidatura como vicepresidente, constituyó un vínculo con importantes sectores de la burguesía. Esta vez no fue necesario que Lula se comprometiera con una «Carta al Pueblo Brasileño», como en 2002, a través de la cual prometió respetar la gran propiedad privada de los medios de producción, la estabilidad jurídica de los negocios de la burguesía y, en relación con los miserables, no ir más allá de la asistencia social. Lula pudo ser elegido sobre la base de una experiencia previa como gobernante que garantizó la dominación capitalista, pero no evitó la crisis política. Esto dio lugar a una demanda por corrupción presentada por la Operación Lava Jato, que lo condenó a prisión. Nada de esto pesó en la mayoría popular a favor de la candidatura de Lula, y ni siquiera importó a sectores de la propia oligarquía burguesa. Por eso las acusaciones de corrupción no tuvieron el peso deseado por sus adversarios electorales.

El hecho es que ha llegado el momento de cambiar un gobierno burgués por otro, es decir, un gobierno de la ultraderecha fracasado, por uno inclinado al democratismo, la colaboración de clases y el asistencialismo social. La burguesía, en caso de victoria de Lula, se tragará esta variante de política institucional, preparándose ahora para mantener el condicionamiento de sus intereses generales en el tercer mandato de Lula. Esta es la mayor dificultad para que los militares y los bolsonaristas se aventuren a dar un golpe de Estado.

En ausencia de un partido revolucionario enraizado en la clase obrera, prevalece la polarización político-electoral entre la centro-izquierda y la ultraderecha. ¿Qué deben esperar los explotados? Sus ilusiones en el lulismo pronto chocarán con el nuevo gobierno burgués de turno. Esto significa que sus esperanzas en las promesas de solución a la dramática situación de desempleo, subempleo, bajos salarios, pobreza, miseria y hambre no se harán realidad. Es bueno tener en cuenta que los petistas, que levantaron la bandera de la revocación de la reforma laboral, han guardado silencio por orden de la dirección nacional del partido.  Lula tendrá que gobernar en condiciones de continuidad y agravamiento de la crisis económica nacional y mundial, distintas a las del período en que subió al poder en 2003.

El Partido Obrero Revolucionario (POR) siempre ha combatido las ilusiones democrático-electorales de los explotados, en todas las formas y manifestaciones de la política burguesa y pequeñoburguesa. Esto es un imperativo de la lucha por la independencia política del proletariado y la defensa de sus organizaciones como instrumentos de la lucha de clases, como es el caso de los sindicatos. Ante la imposibilidad de contar con candidatos verdaderamente revolucionarios, que encarnen el programa de la revolución proletaria y la lucha por un gobierno obrero y campesino, el POR ha utilizado las elecciones como medio y plataforma para propagar y agitar el programa de reivindicaciones de la clase obrera. Las elecciones pasarán y un nuevo gobierno tomará posesión, pero permanecerán las necesidades más acuciantes de los pobres, los miserables y los hambrientos.

Es con esta orientación política y con el programa de emancipación de los explotados que el POR defiende junto a los oprimidos el voto nulo. ¡Trabajadores y juventud oprimida, no nos engañemos con promesas electorales, confiemos en nuestras propias fuerzas, que nacen y se fortalecen en la lucha contra la explotación y los explotadores! Luchemos por instaurar nuestra propia democracia, que se construye a través de asambleas, comités de fábrica, comités de barrio, manifestaciones colectivas, huelgas y autodefensa contra la violencia del Estado. Trabajadores y juventud oprimida fortalezcan la construcción del Partido Obrero Revolucionario. Es con este instrumento que la mayoría oprimida reaccionará con su propio programa al capitalismo en decadencia y luchará por el fin del capitalismo y la construcción de la sociedad socialista.

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