Estados Unidos: La crisis del régimen político no se cierra

Está muy fresco el violento asalto al Capitolio en Washington, por parte de hordas nacionalistas, en enero 2021, incitado por Donald Trump. Era un intento de golpe para desconocer el resultado de las elecciones, que aún hoy sigue desconociendo. Un ataque respaldado por sectores importantes de su partido y de la burguesía que querían bloquear la confirmación de la victoria de Biden para impedir el traspaso del gobierno.

En elecciones anteriores se han denunciado fraudes en algunos estados y en elecciones presidenciales, o el poder de los lobbies de las multinacionales para bloquear tal o cual iniciativa o imponer alguna ley. Pero las acciones violentas del 6 de enero del año pasado mostraron un salto cualitativo.

Es un hecho único en la historia y que expresa el grado de descomposición del régimen político y parte de la decadencia de EE.UU. Muestra cómo unos de los países que más había avanzado en las formas democrático burguesas de la dictadura del capital ya no puede mantener ni siquiera las formas.

Biden había dicho hace pocas semanas, en un acto la Universidad de Clarke en Atlanta: “No me echaré atrás. No vacilaré. Defenderé vuestro derecho al voto y nuestra democracia contra los enemigos de dentro y de fuera”. Exigía al Congreso una reforma electoral que rechazan los republicanos. Se refiere a dos aspectos antidemocráticos planteadas en las llamadas “Ley de la libertad del voto” y la “Ley de promoción de los derechos electorales John Lewis”.

Uno se trata de la costumbre parlamentaria que imponía la necesidad de contar con el 60% de los votos para aprobar cualquier proyecto legislativo en el Senado.  Una tradición que pretende forzar el consenso entre los dos partidos mayoritarios.

El propio Biden, siendo senador durante 36 años, se resistió durante todos sus mandatos a tocar esa costumbre que se denomina “filibusterismo”. En este primer año de mandato varios proyectos se frenaron por parte de los republicanos aplicando esa costumbre.

Biden critica a los republicanos pero los demócratas, como él mismo, han sido responsables de sostener este “sistema de obstrucción”. Y acaba de comprobar que no contaba siquiera con todos los votos de su partido para aprobar esta reforma.

Esta forma de bloqueo de cualquier iniciativa que no agrade a una de las dos bancadas se expresó en 298 votaciones de este tipo entre 2019 y 2020.

El otro aspecto se refiere a los 19 Estados de la Unión que aprobaron el año anterior 34 leyes que dificultan el acceso al voto de las minorías en general, pero especialmente de los negros y latinos, imponiendo en los hechos una especie de voto calificado.

Al respecto, Biden declaraba hace unos meses que la lucha contra las restrictivas normas de los republicanos como “la prueba más significante que enfrenta la democracia americana desde la Guerra Civil”.

Proponía que el Congreso debata la creación de un marco legislativo federal para frenar la proliferación de lo que el fiscal general de EE.UU., Merrick Garland, calificó como normativas destinadas a “negar o reducir el derecho de los negros a votar”.

En marzo, en Georgia fue aprobaba una ley estatal, impulsada por el gobernador republicano Brian Kemp, que incluye plazos más cortos para el sufragio por adelantado, endurecimiento de los requisitos para registrarse o menos horas para depositar la papeleta. Cambios diseñados para privar de su derecho al voto de sectores importantes de la población.

Biden eligió ir a Atlanta, un antiguo estado esclavista, emblemático de las luchas contra la segregación racial. Inició su visita con un alto frente a la tumba de Martin Luther King, asesinado en 1968, pero el hijo Martin Luther King III le advirtió a Biden contra las promesas vacías y le anticipó que ni siquiera las reformas que propone se irían a aprobar, como se pudo comprobar rápidamente.

La principal potencia del mundo, que quiere conservar su hegemonía y liderar el orden capitalista en todo el mundo en nombre de la defensa de la democracia muestra que no puede garantizar siquiera sus formas a su interior. Ninguna reforma electoral podrá restaurar el régimen político que se encamina hacia el mayor autoritarismo.

Una democracia manchada por la sangre de sus invasiones coloniales en todo el mundo, sus acciones terroristas contra los oprimidos organizando y respaldando las más feroces dictaduras militares, que ante los atentados a las Torres Gemelas no dudaron en inventar el enemigo Irak para justificar la invasión, masacre y saqueo. Un régimen que destina una parte creciente de su presupuesto al armamentismo y a sostener su despliegue militar en el mundo.

EE.UU. está viviendo la descomposición y desintegración del capitalismo en su propia tierra, su retroceso como centro hegemónico imperialista que se expresa en la descomposición política del régimen y las amenazas de nuevas aventuras militaristas que ponen más en riesgo a la humanidad.

La clase obrera debe romper sus ilusiones en el Partido Demócrata, independizarse políticamente y construir su partido revolucionario bajo la estrategia de la revolución y dictadura proletarias. La conquista del poder en EE.UU. será un paso gigantesco en la lucha por el socialismo a escala mundial, acelerando las luchas revolucionarias en el resto del mundo y fundamentalmente liberando las fuerzas productivas contenidas en los marcos de la gran propiedad capitalista. Las luchas crecientes de la clase obrera y los oprimidos en los últimos años facilitan la ardua tarea de poner en pie el partido marxleninista trotskista.

 

(nota de MASAS nº409)

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