Brasil: El Significado y la importancia del intento de golpe

Lo que está colocado para la clase obrera y los demás explotados

09 de enero de 2023 – POR Brasil

La amenaza de un golpe se gestó antes, durante y después de las elecciones presidenciales. Bolsonaro, un grupo de militares de alto rango y parlamentarios de su base aliada no admitieron transferir el poder a Lula y al partido opositor Frente. La impugnación de las urnas electrónicas fue una señal de que rechazarían el resultado electoral favorable al petista. El hecho de que el Congreso Nacional se mostrara contrario a la vuelta de la papeleta impresa no alteró la voluntad de Bolsonaro, sus generales y el entorno ultraderechista del partido de reaccionar mediante un golpe de Estado. El problema era reunir fuerzas en la burguesía y la clase media, y contar con el apoyo externo de una fracción del imperialismo.

El movimiento articulado por poderosos sectores burgueses e institucionales en torno a la bandera de la «Defensa de la Democracia y el Estado de Derecho» indicó a las Fuerzas Armadas que no podían alentar una aventura golpista.En este mismo sentido se pronunciaron las potencias, bajo la dirección de Estados Unidos. Un conjunto de acciones políticas apoyadas por la fracción burguesa legalista, convencida de que ya no había condiciones para que Bolsonaro mantuviera la gobernabilidad, garantizó la realización de las elecciones, que fueron extremadamente polarizadas.Sin embargo, la fracción más radical del bolsonarismo mantuvo el curso de la impugnación golpista. El proceso institucional de las elecciones fue garantizado, pero en las condiciones en que las reacciones de Bolsonaro y sus partidarios continuaron siguiendo el objetivo de fomentar una revuelta en la clase media, factor fundamental para el desarrollo de las condiciones sociales para una intervención militar, bajo el mando de Bolsonaro.

La ultraderecha aspiraba a imponer una dictadura militar bajo el auspı́cio del gobierno bolsonarista. El golpe institucional que derrocó al Gobierno de Dilma Rousseff fue impulsado decisivamente por la ultraderecha, que se alió con partidos de centroderecha. El gobierno de transición de Temer funcionó como una dictadura civil. Las fuerzas de centro-derecha, encabezadas sobre todo por el PSDB y el MDB, no pudieron elegir a su candidato. La disputa era entre Bolsonaro, de la coalición de ultraderecha, y Haddad, de la coalición de centroizquierda. La persistente crisis económica, el empeoramiento de las condiciones de existencia de los explotados, los dos años de pandemia, la intensificación de la guerra comercial y los realineamientos dentro del imperialismo, producidos por la desintegración del capitalismo mundial, y que se reflejaron fuertemente en América Latina, imposibilitaron a Bolsonaro establecer una dictadura bonapartista. Pero no le impidieron fortalecer una variante del nacionalismo de ultraderecha, apoyado en sectores capitalistas internos, en estratos de las Fuerzas Armadas y la Policía y en las capas más ricas de la clase media, y con vínculos con el trumpismo, el ala ultraderechista del Partido Republicano en Estados Unidos.

Las raíces de este fenómeno se encuentran en el fracaso del nacional-reformismo, que dio lugar al golpe de 1964 y al largo periodo de dictadura militar, que dejó atrás con el fin de este ciclo y la reconstitución de la democracia oligárquica, que no puedo afirmarse como base de la estabilidad gubernamental. Ningún gobierno del período posterior a la dictadura pudo escapar a las crisis políticas, que socavaron la gobernabilidad. La explicación radica en que no hay posibilidad de que la burguesía nacional lleve a cabo las reformas necesarias, desarrolle las fuerzas productivas y supere la miseria estructural y el hambre. Esta es una tarea que sólo el proletariado en el poder tiene los medios para llevar a cabo. Esto sólo es posible mediante una revolución social.

El ascenso del PT a la presidencia, basado en la popularidad electoral de Lula en 2002-2003, creó la ilusión de que podría levantar la economía del País, poner límites al saqueo imperialista, controlar la poderosa influencia del capital financiero y resolver así el problema del enorme desempleo y la miseria. No sólo fracasó, sino que fue desalojado del mando del Estado por el golpe de 2016, sin poder recurrir a un levantamiento de los explotados contra las fuerzas reaccionarias, que se fortalecían y que finalmente llevarían a Bolsonaro a la Presidencia y así los militares volverían a ocupar el centro de la gobernabilidad.

Este proceso revela hasta qué punto la democracia oligárquica y el respectivo gobierno de turno están sometidos a la égida del poder militar. También revela la incapacidad del reformismo del PT para cambiar las relaciones dictatoriales que reinan en el Estado burgués semicolonial.

Lula ganó en el marco de una división y polarización burguesa que dio lugar y provocó la profunda crisis política, cuyo principal significado fue alejar a la facción militar de Bolsonaro del centro de la gobernabilidad. No por casualidad, los comandantes bolsonaristas se resistieron a participar en la asunción de Lula, siguiendo la conducta de Bolsonaro de no reconocer la derrota electoral. Esta resistencia, en sí misma, representaba una posición golpista. Los campamentos frente a los cuarteles han sido protegidos por los militares, que están de acuerdo con la bandera golpista, pero que no se han aventurado, al menos por ahora, a ponerse al frente del movimiento, que tuvo su máxima expresión en el bloqueo nacional promovido por los camioneros.

La disolución de este ataque golpista, sin embargo, no puso fin a la articulación nacional de empresarios, militares, policías y políticos, para mantener viva la impugnación de las elecciones y la toma de posesión de Lula. Ante la asunción de Lula por el Tribunal Superior Electoral (TSE), la horda bolsonarista promovió una sedición en Brasilia, que, vista ahora, sirvió de preparación para la invasión del Palacio de los Tres Poderes. El gobernador de Brasilia, las autoridades policiales y militares facilitaron a los bolsonaristas, para que tuvieran libertad de acción. La complacencia del ministro de Defensa de Lula, José Múcio Monteiro, fue otro factor a favor del golpe. Esta conducta política de los poderes gubernamentales sirvió de señal para que el domingo 9 de enero el movimiento golpista concentrara fuerzas de varios estados para invadir las oficinas del gobierno federal.

Bolsonaro observó desde Estados Unidos cómo la turba defensora de la vuelta de los militares irrumpía en las calles. Su ex ministro de Justicia y secretario de Seguridad Pública del Distrito Federal, Anderson Torres, hizo lo propio, desde el exterior, de la mano de su jefe Bolsonaro. Lula se decidió por la intervención federal en las fuerzas de seguridad, responsabilidad del gobernador Ibaneis Rocha. Sólo entonces la represión se hizo efectiva, con detenciones masivas. Pero, el ejército, sólo al día siguiente, atendió la petición del juez del Tribunal Supremo Alexandre de Moraes de desmantelar el campamento bolsonarista frente a su cuartel general, desde donde se venía organizando la conspiración.

Aunque el intento de golpe no tuvo éxito y resultó configurándose como una aventura, la debilidad del nuevo gobierno, que tendrá que tratar y convivir con conspiradores de ultraderecha, se hizo aún más patente. La arremetida antidemocrática del 8 de enero establece un hito en la crisis política, dentro de la cual Lula fue elegido por un pequeño margen de votos y sobre la cual constituyó su gobierno burgués de amplio espectro. Después de este momento -todo indica que la aventura no podrá ser retomada inmediatamente, incluso ha sido condenada por todas las potencias imperialistas y los gobiernos más importantes de América Latina- el gobierno de Lula estará aún más atado a los partidos oligárquicos del frente amplio y a los poderes del Estado.

Las manifestaciones convocadas por las centrales, los sindicatos y los partidos se celebrarán cuando haya pasado el peligro inmediato de golpe. Pero son importantes como demostración de la resistencia popular al intento de golpe y a la expansión de la ultraderecha fascistizante. Sin embargo, no deben servir como instrumento de apoyo al gobierno burgués de Lula y al amplio frente burgués que lo integra. No podemos confundir la lucha democrática de los explotados contra el intento de golpe y el avance de la ultraderecha fascistizante con la defensa de la democracia burguesa en general, que incluso sirve de refugio a la reacción más feroz, como la que Bolsonaro montó en su gobierno.

Las tendencias golpistas seguirán vivas, incluso después del fracaso momentáneo de la aventura del 8 de enero. Sólo la clase obrera puede encabezar un movimiento de la mayoría oprimida contra las posiciones y organizaciones de la ultraderecha, sin por ello dejar de luchar contra todas las variantes de la política burguesa, lo que incluye el reformismo o pseudoreformismo encarnado por el PT. En esta lucha, es fundamental liberar a los sindicatos de las direcciones que los someten y permiten que sean gobernados por la burguesía, en nombre de la democracia y de la participación popular. Superar el golpe significa en la práctica oponerse al derrocamiento del gobierno electo por medios totalitarios, pero no significa, para la política proletaria, sostenerlo o dejar de combatirlo bajo la estrategia de la revolución proletaria.

El Partido Obrero Revolucionario (POR) se ha posicionado claramente contra el movimiento golpista de los camioneros, defendiendo que las centrales, sindicatos y movimientos organicen la movilización nacional sobre la base de un programa de reivindicación de las demandas de los explotados y en el terreno de la más completa independencia ideológica, política y organizativa del nuevo gobierno burgués de Lula. Ahora, el POR vuelve a insistir en que solamente la clase obrera, organizada y luchando con su propio programa, pueden romper la espina dorsal de la ultraderecha fascistizante y golpista, y constituir también una oposición revolucionaria al gobierno de Lula, que, sin duda, servirá a la burguesía y no a los explotados.

¡Abajo el intento de golpe de Estado!

¡Por la lucha independiente de la clase obrera por su propio programa y estrategia de poder!

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