CERCImasas-476

Multipolaridad de la crisis

Construir la unidad de la clase obrera internacional bajo el programa de la revolución socialista

En las últimas semanas han aparecido numerosos síntomas de la crisis mundial. En Alemania, la desintegración política con la derrota de Olaf Scholz, del Partido Socialdemócrata (SPD), a manos de Friedrich Merz, de la Unión Cristiano-demócrata (CDU); en Portugal, la caída del Primer Ministro Luís Montenegro, del Partido Socialdemócrata (PSD); en Rumanía, la anulación de la candidatura independiente de Calin Georgescu; en Canadá, la renuncia del Primer Ministro Justin Trudeau, del Partido Liberal (PL), dando paso al ascenso de Mark Carney, del mismo partido; en Georgia, la prolongación de las manifestaciones de impugnación de los resultados de las elecciones de octubre de 2024, que se radicalizaron en enero de 2025;  en Corea del Sur, el avance de la crisis de gobierno iniciada en diciembre con la detención del presidente Yoon Suk-yeol, del Partido del Poder Popular; en Filipinas, la detención del ex presidente Rodrigo Duterte por la Corte Penal Internacional (CPI) provocó divisiones entre la población. En África, el último conflicto armado ha sacudido el Congo. La región del Sahel ha estado plagada de guerras civiles. En América Latina, crece la inestabilidad en los gobiernos de Argentina, Bolivia, Venezuela, Colombia, Perú, El Salvador y Haití.

La elección de Trump en Estados Unidos es sin duda el acontecimiento más significativo que expresa los terremotos que sacuden el capitalismo mundial desde los años setenta y ochenta. El declive de Estados Unidos y el ascenso de China están en el centro de los acontecimientos del último periodo abierto por la crisis económica que estalló en Estados Unidos en 2008.

La multiplicidad y la escala internacional de los choques económicos, sociales y militares indican el avance del proceso de desintegración del orden capitalista establecido desde el final de la Segunda Guerra Mundial y regido por el imperialismo estadounidense.

La guerra de Ucrania, que comenzó en febrero de 2022, ha superado los hitos anteriores, marcados por la guerra de Vietnam que terminó en 1975 y la guerra de Irak de 2003 a 2011. Su particularidad radica en que implica la alianza de Estados Unidos y las potencias europeas contra Rusia por Ucrania. Su trascendencia corresponde a un enfrentamiento entre potencias nucleares. Este fue el factor que disuadió a la OTAN de intervenir directamente contra Rusia. La alianza imperialista es sin duda más poderosa económica y militarmente. Por eso, la sombra de una guerra en la que participaran los más poderosos poseedores de armas nucleares trajo el fantasma de una tercera guerra mundial, cuyas consecuencias para Europa y el mundo se midieron con la experiencia de Hiroshima y Nagasaki.

Para agravar los enfrentamientos entre las fuerzas económicas y militares surgidas de la desintegración del capitalismo, se produjo la intervención del Estado sionista de Israel con el apoyo de Estados Unidos en la Franja de Gaza. La posibilidad de una guerra generalizada en Oriente Medio, que enfrente a Estados Unidos, Israel e Irán, confluyó con los peligros de que la guerra de Ucrania se extienda a Europa. Desde la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos ha estado presente en todas las guerras, directa o indirectamente.

La Franja de Gaza fue destruida, Cisjordania fue sometida con mayor dureza a la intervención anexionista, Líbano fue atacado, Yemen, Irán y Siria fueron bombardeados. En particular, el gobierno de Siria fue derrocado por fuerzas favorables a la reacción proimperialista. La guerra de Israel contra el pueblo palestino ha cambiado las relaciones internas en Oriente Medio a favor de la dominación estadounidense. El objetivo de la guerra contra Irán sigue vigente.

La derrota y el debilitamiento de la resistencia antisionista en la Franja de Gaza, Cisjordania, Líbano y Siria favorecen el cerco de Estados Unidos al régimen nacionalista iraní, que por razones coyunturales se ha acercado a Rusia y China.

La derrota de Biden llegó con la perspectiva de que la burguesía estadounidense realizara un cambio drástico en política exterior. Trump no sorprendió con la escalada de la guerra comercial, que bajo Biden se limitaba a China y Rusia. También dejó claro que iba a cambiar la dirección de su apoyo a la guerra en Ucrania y su relación con Rusia. En cuanto a Oriente Medio, fue aún más incisivo en su apoyo al Estado sionista de Israel y en su objetivo de estrechar el cerco sobre Irán. El nuevo jefe del imperialismo ha aprovechado la destrucción de la Franja de Gaza y la matanza de palestinos para imponer un acuerdo de alto el fuego, cuyo objetivo es anexionarse definitivamente tanto la Franja de Gaza como Cisjordania.

Trump ha ofrecido a Putin un trato, según él, para poner fin a la guerra en Ucrania. Después de tres años de enfrentamiento, alimentado por la alianza imperialista con dinero y armas, Ucrania se encuentra arruinada y cerca de la derrota. Es en estas circunstancias que Trump está utilizando la guerra montada por Biden para convertir a Ucrania en moneda de cambio con Rusia. Para ello, ha aceptado un acuerdo que incluye la anexión del territorio ucraniano ocupado por las tropas rusas. Y ha exigido al Estado ucraniano la entrega de fuentes minerales y tierras raras de alto valor estratégico. Bajo el gobierno de Trump, Estados Unidos admitió que la guerra estaba perdida, que no podía cambiar este rumbo porque implicaría la intervención directa de la OTAN y, por tanto, el inicio de la tercera guerra mundial.

Este cambio de posición provocó la ruptura de la alianza europea establecida por Biden. La Unión Europea y Gran Bretaña se resintieron al verse marginados en las negociaciones de Trump con Putin. Incluso se llegó a plantear la posibilidad de disolver la OTAN e iniciar un nuevo periodo de rearme en Europa. Aquí radican las diferencias en la órbita del imperialismo. La guerra comercial extendida a Europa acentúa los cambios en las relaciones mundiales, que tienden a una mayor confrontación. En consecuencia, las tendencias belicistas aumentan debido a las contradicciones económicas del capitalismo en descomposición.

La reunión de representantes estadounidenses con los ucranianos en Arabia Saudita el 11 de marzo demostró que será más difícil que fácil alcanzar un acuerdo de “paz” dictado por Estados Unidos. Rusia, vencedora de la guerra, no podrá salir como perdedora. Y Estados Unidos, como garante de una guerra derrotada, no puede salir como perdedor. Ucrania tendrá que soportar el peso de un acuerdo que se le impone desde arriba. Europa quiere participar en las negociaciones para beneficiarse también ella. Pretende participar en nombre de la seguridad europea contra el supuesto expansionismo ruso. La industria militar es la que más ha ganado.

Aún no está claro hasta qué punto Trump podrá imponer su estrategia de defensa de la hegemonía estadounidense, que pasa por un enfrentamiento abierto con China. Este adversario es el que más resistencia económica puede ofrecer. Ha incrementado su poder militar en los últimos años. Si EEUU resuelve la guerra de Ucrania, podrá concentrar sus esfuerzos en la guerra comercial y reforzar su escalada militar en el Indo-Pacífico. Y estará en mejores condiciones para estrechar el cerco a Irán y permitir que Israel avance en su estrategia de anexión de territorio palestino. Trump acaba de ordenar ataques aplastantes contra Yemen.

Con la caída del gobierno de Bashar al-Assad en Siria, la capacidad de resistencia de Irán se ha visto muy reducida. El impacto en Líbano se tradujo en la retirada de Hezbolá. Rusia y China se vieron obligados a convertirse en observadores en lugar de participantes en la resistencia liderada por Irán. Es en este contexto que Trump se encuentra envalentonado para imponer un nuevo curso a la guerra en Ucrania.

Lo fundamental, sin embargo, es que la respuesta de la clase obrera y de la mayoría oprimida se encuentra retraída. La lucha de clases se intensifica en todas partes, pero se limita a las cuestiones económicas y a las disputas interburguesas por el poder del Estado. En gran medida, esta retracción refleja la profunda y amplia crisis de la dirección revolucionaria. En otras palabras, la falta de partidos marxistas-leninistas-trotskistas enraizados en el proletariado.

Esto no significa que la clase obrera, como clase revolucionaria, no tenga su propio programa y política para las guerras. Su programa, demostrado históricamente por las dos guerras mundiales, se basa en transformar las guerras de dominación en guerras de liberación. Así es como la clase obrera y su vanguardia consciente luchan bajo la estrategia de la revolución social.

Frente a la guerra emprendida por el Estado sionista y Estados Unidos contra el pueblo palestino y la resistencia de las naciones oprimidas a la dominación imperialista, está en juego la defensa de la autodeterminación y el fin de toda anexión. En este terreno, la unidad de los explotados de Oriente Medio es necesaria para barrer la dominación imperialista y poner fin al terror sionista.

En particular, frente a la guerra en Ucrania, se levanta la bandera del no a la “paz” de Trump, y por una paz sin anexiones, que ponga fin a la guerra, detenga el cerco de la OTAN a Rusia y garantice la autodeterminación y la unidad territorial de Ucrania. Ciertamente, la lucha por la paz sin anexiones implica unir a la clase obrera ucraniana, rusa y europea. Si esto no ocurre, la mayor probabilidad es que la paz resulte de un regateo entre Trump y Putin, cuyo resultado será el reparto y saqueo de Ucrania. Esta solución no eliminará las causas que llevaron a la guerra.

El Comité de Enlace por la Reconstrucción de la IV Internacional (CERCI) se opone frontalmente a la paz imperialista y lucha bajo la bandera de la paz sin anexiones.

(Editorial de Massas n°735, POR de Brasil)