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Se realizó la primera formación sobre la Revolución China

A finales de diciembre, la Regional Buenos Aires de nuestro partido comenzó con su ciclo de formaciones acerca de la historia de la Revolución China, comenzando a saldar una deuda pendiente para nuestra militancia y simpatizantes.

Es imposible comprender el lugar que ocupa China hoy en la economía mundial, su salto tecnológico y político sin estudiar la historia de sus revoluciones. Para llevar adelante esta tarea, nos focalizamos en dos trabajos fundamentales: los escritos de León Trotsky sobre la cuestión de China, que van de julio de 1928 hasta julio de 1937; y el detallado trabajo de Harold R. Isaacs, “La tragedia de la Revolución China”. Todos estos escritos los hemos editado recientemente para formar a nuestra militancia y a aquellos simpatizantes que se nos acercan por la solidez de nuestro Programa.

Uno de los ejes centrales del proceso de la revolución en China, es que se trató del primer experimento de Frente Popular realizado por la burocracia estalinista. Este ensayo no sólo liquidó la posibilidad de la victoria de la revolución para todo un período, sino que llevó a la casi desintegración del Partido Comunista Chino. El empirismo de Stalin-Bujarin entregó desarmados políticamente a millones de campesinos, obreros y pequeño-burgueses, asesinados por el Kuomintang, partido de la burguesía nacional en el que la Internacional Comunista depositó todas sus expectativas.

Aquí extraemos algunas tesis fundamentales de estos textos:

Trotsky explica que la línea de subordinación a la burguesía nacional, concepción de origen menchevique, era compartida por muchos revolucionarios antes y durante 1917. El avance de la burocratización del Partido Bolchevique, aun en vida de Lenin y mucho más después de su muerte, permitió un nuevo florecimiento de viejos debates mal comprendidos desde 1903 acerca del papel del proletariado y la burguesía en la lucha revolucionaria. La III Internacional en manos de Stalin replicó esta política durante la llamada segunda Revolución China.

Trotsky, en nombre de la Oposición de Izquierda, cuestionó casi en soledad la línea oficial, exigiendo la total independencia del Partido Comunista Chino respecto al nacionalismo burgués en la Revolución, sin rechazar con esto la posibilidad de determinados acuerdos circunstanciales. Los acuerdos tácticos con el Kuomintang no implicaban que la lucha contra la burguesía cese durante el mismo. Por el contrario, la política del estalinismo fue el embellecimiento de la burguesía china y la disolución en el Kuomintang, al que consideraba, no un partido burgués, sino “obrero y campesino”, una suerte de arena “neutral” desde donde disputar la dirección de las masas en su interior. Esta política solo sirvió para desmoralizar, enchalecar y posteriormente derrotar al proletariado preparando las condiciones para su aplastamiento.

Trotsky y la Oposición de Izquierda advirtieron, y la historia confirmó, que esta política de la III Internacional conduciría a una dictadura fascista. Estudiando en profundidad el desarrollo de los acontecimientos, desenvolvió una línea política revolucionaria, exigiendo la formación de los soviets, batallando por la salida de los comunistas del Gobierno del “Kuomintang de izquierda” en Wuhan y preparando las condiciones organizativas para nuevos auges de la Revolución.

Cuando la revolución de 1925-1927 fue derrotada, el estalinismo intentó una serie de aventuras ultraizquierdistas, conocidas como “los levantamientos de la Cosecha de Otoño”, una política que llevaría a la destrucción física de la vanguardia proletaria. Trotsky, analizando científicamente las situaciones concretas, señaló que la ola revolucionaria había pasado y que debían prepararse las condiciones hasta el nuevo ascenso de las masas, donde la lucha por las reivindicaciones y consignas democráticas jugaría un papel destacado.

En su análisis de la política de la URSS en China Trotsky sostiene que, a diferencia de la burguesía rusa, propia de un Estado imperialista opresor, la burguesía china es la de un país oprimido por el imperialismo. No sólo no es revolucionaria, sino que es cobarde; sabe muy bien que enfrentarse al imperialismo es una tarea más vasta que derrocar a los resabios feudales, como ocurrió con el zarismo. La burguesía china nació ligada al imperialismo y al capital extranjero. En consecuencia, cuando el proletariado chino tomó contacto directo con la Unión Soviética las contradicciones de clase se hicieron más nítidas.

La burocracia estalinista, por su parte, combatió ferozmente la teoría de la Revolución Permanente, bajo la premisa de que “no se puede saltear la etapa democrático-burguesa de la revolución”. Desde la perspectiva del estalinismo -como dijimos en los hechos, menchevique- la revolución burguesa (la transformación agraria, abolición de las relaciones feudales, expulsión del imperialismo, unidad nacional de China) aún no había sido completada y requería de una etapa previa, en la cual la dirección debería estar en manos del Kuomintang.

Trotsky, por el contrario, sostenía que para lograrlo no se debe detener en cada etapa o, incluso saltearlas, la revolución no es por etapas sino permanente, en la medida en que las tareas democráticas solo pueden resolverse bajo la dirección del proletariado. Toda revolución en la época imperialista tiende a transformarse en permanente, es decir, no puede detenerse en las etapas intermedias y combina tareas democráticas y socialistas. Tampoco puede quedarse en el marco nacional, y por la fuerza de la necesidad, se proyecta a escala internacional. Sólo apropiándose del poder estatal es posible llevar la revolución al terreno internacional.

Por último, la táctica del Frente Único Imperialista es la que Trotsky señalaba como correcta para poder realizar la revolución en China. La lucha contra el imperialismo es cierto que se debe dar con la mayor amplitud de las clases sociales, pero sólo mediante el programa proletario es posible acorralar a la burguesía nacional, demostrar su carácter entreguista y realizar todas las tareas democrático burguesas pendientes, en especial la revolución agraria. El imperialismo, a contramano de la línea desarrollada por el Partido Comunista de China, no crea mecánicamente la cohesión entre todas las clases sociales, sino que por el contrario refuerza la diferenciación entre las clases sociales del país oprimido. Esa incomprensión resultó trágica en la Revolución China.

Hasta aquí algunas tesis fundamentales que rescatamos de estos textos producto del rico debate que surgieron durante nuestra formación.

La historia de la Revolución China es la escuela perfecta para comprender cuál es el método que los revolucionarios debemos emplear en los países coloniales y semi-coloniales para librarnos del imperialismo y de la burguesía nacional.

Ni duda cabe que cada país tiene su particularidad y no pueden trasladarse mecánicamente los procesos revolucionarios. Sin embargo, solo el estudio de los mismos, indagando en sus leyes y contradicciones, permite la comprensión de los elementos y debates indispensables a ser asimilados e incorporados en el bagaje teórico del partido revolucionario.

Por este motivo, desde el POR continuamos con nuestro ciclo de formaciones sobre China, y de cómo estos procesos pueden ayudarnos a comprender las tareas de la revolución en Argentina y en el resto de Latinoamérica.

(Nota de Masas n°495)