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La Guerra de Malvinas: la traición de la cúpula militar que aceleró su caída

(Del material: “50 años del Golpe de la burguesía y el imperialismo”)

La traición de las cúpulas militares quedará para siempre en la historia, como los tormentos a los soldados, la falta de equipamien­to, la rendición de Astiz sin pelear, los negociados con los fondos de solidaridad, una crisis que no quedará en el olvido. Por más que la burguesía intente desentenderse y recordarla sólo como una aventura de militares desesperados.

También quedará en la historia la intervención del imperialismo yanqui colaborando militarmente con Gran Bretaña para derrotar a la Argentina.

Es necesario rendir homenaje permanente a los soldados que cayeron en la guerra, a los heridos, a los combatientes. Negados, ocultados, ninguneados por todos los gobiernos burgueses que no se hacen cargo de sus desastres. Miles de soldados sufren las con­secuencias de aquella Guerra.

Malvinas aceleró la caída de la Dictadura. Y se produjo la aper­tura de una situación política extraordinaria. El imperialismo junto con la burguesía comandó el proceso de institucionalización que diera salida a la dictadura de la forma más ordenada. Es impres­cindible estudiar aquella Guerra, el papel de todos los partidos, los sindicatos, las corrientes que se reclamaban de la clase obrera, y la política con que intervino la Dictadura, porque tienen una gran importancia programática. La burguesía como clase confirmaba su cobardía y sometimiento al imperialismo, rindiéndose. Como se rendiría tantas veces después ante las presiones del capital finan­ciero internacional.

En primer lugar, debemos decir, que reivindicamos en general las posiciones adoptadas por el Partido Política Obrera (que integraba en ese momento la Tendencia Cuartainternacionalista -TCI- junto al POR de Bolivia) ante la Guerra de Malvinas. Aquella organi­zación, la TCI, que tuvo una corta existencia desde 1979, es la antecesora del actual CERCI (que integramos el POR de Bolivia, el POR de Brasil, el POR de Argentina y el Comité Constructor del POR Chile). Reproducimos en esta nota gran parte de aquellas ca­racterizaciones (compiladas en la Revista Internacionalismo Nº 5).

“Para luchar contra el imperialismo, ningún apoyo a la dic­tadura” fue la tesis central de la intervención de Política Obrera.

Galtieri y la Junta Militar suponían que una acción drástica sobre Malvinas le permitiría ganar popularidad y superar la crisis política en la que se encontraba la dictadura.

La ocupación militar no se trató de una acción real de indepen­dencia nacional ya que la política del gobierno se orientaba a en­tregar a otra potencia imperialista el control militar y económico de las Islas. La política general de la dictadura era claramente proim­perialista, por lo tanto, esta acción no era parte de una política de liberación o de independencia nacional. La acción militar tuvo una apariencia antiimperialista, pero su proyección real era de un ma­yor sometimiento al imperialismo.

La operación pudo haber tenido un visto bueno por parte del im­perialismo norteamericano que acompañó todas las negociaciones previas para “recuperar” las Islas por vía pacífica, en la perspectiva de instalar bases norteamericanas en el Atlántico Sur. O la Dic­tadura así lo creyó, por su papel servil. Quienes tomaron la re­cuperación de las Malvinas como un hecho aislado de soberanía, ocultando la activa negociación con el imperialismo por parte de la dictadura, se dejaron arrastrar por la demagogia burguesa.

Los militares tenían en su cabeza una acción militar en el Sur, desde el inicio de los conflictos con Chile (1978), y era previsible por el acelerado armamento argentino, al punto que el presupuesto militar para 1982 fue previsto en 12.000 millones de dólares (un 20% del PBI -producto bruto nacional-). A partir del empantana­miento en conflicto con Chile aumentaron las sospechas y los co­mentarios respecto a una invasión de las Malvinas.

El detonante de la decisión de invadir: la brutal crisis económica. Un impasse impresionante del conjunto de la burguesía, ante la crisis económica, que alinearon a la burguesía detrás de la dicta­dura en la decisión de invadir. El primer interés de la burguesía en promover la cuestión de Malvinas es, por supuesto, paralizar a la clase obrera. Esto entraña un aspecto político general y otro as­pecto de contraofensiva contra las últimas movilizaciones obreras en particular. En lo general se pretende suscitar un “gran acuerdo nacional” con la activa participación de la camarilla militar lo que era considerado imposible antes del conflicto. En el otro aspecto, se trata de paralizar todas las reivindicaciones obreras, primero en nombre del “esfuerzo de guerra” y después en nombre de la “re­cuperación”.

En este plano se buscaría orientar el entusiasmo “nacional” de sectores de la pequeña burguesía, para coaccionar a la clase obrera.

El segundo interés estaba planteado por la posibilidad para un amplio sector de la burguesía, de imponer la llamada “economía de guerra”, es decir una intervención estatal que redujera las tasas de interés y la competencia extranjera, así como un aprovechamiento de la mayor demanda del Estado por causa de un conflicto.

Disciplinar a la clase obrera y ahogar sus reivindicaciones apre­miantes; forzar una reactivación; obtener un más alto estatus inter­nacional en acuerdo con el imperialismo norteamericano; y aso­ciarse en la explotación petrolera y pesquera en el área; esos fueron los objetivos del capital nacional.

Argentina es una semicolonia, es una nación oprimida por el im­perialismo, y la cuestión de las Malvinas era (y aún lo es), un as­pecto de su opresión. La dictadura militar estaba en manos de los agentes directos e indirectos de las potencias que oprimen al país. La cuestión nacional estaba, como hoy, en manos de la clase obrera, en su capacidad para estructurar un frente único an­tiimperialista en alianza con las clases oprimidas, que plantee terminar con las bases materiales del imperialismo en nues­tro país: las multinacionales que controlan sectores vitales de la economía, desconocer la deuda externa, y los acuerdos militares, diplomáticos y económicos que someten a la Nación. En este sen­tido la cuestión de Malvinas era una maniobra distraccionista por parte de la Dictadura, que en ese mismo tiempo colaboraba con la represión en El Salvador, Bolivia y Nicaragua.

Cuando una nación oprimida, como es Argentina, se encuen­tra en una situación de conflicto, e incluso de guerra, contra una o varias naciones opresoras -en torno, precisamente, a una reivindicación nacional indiscutible- ello no significa que el go­bierno burgués, ocasionalmente en la dirección del Estado, ni la clase burguesa en su conjunto, han modificado su naturaleza histórica antinacional. Colocar, en el curso de un conflicto o guerra nacional, a todas las clases de la nación oprimida en un mismo plano es, simplemente, un crimen político. La dictadura y la burguesía tienen intereses específicos en este conflicto, que no son otros que los de reforzar su posición mediante un compromiso conveniente con el imperialismo norteamericano, a expensas del inglés, y mediante un reforzamiento del control político de la ex­plotación económica de la clase obrera, que se obtendría mediante una demagogia realizada en nombre de la emergencia nacional.

Por esto, el hecho de un conflicto o guerra nacional conducida por los explotadores nativos, uniformados o no, no cancela, ni siquiera atenúa, el antagonismo del proletariado contra estos opresores internos, coyunturalmente en choque con el impe­rialismo.

Para el proletariado la participación en un conflicto o gue­rra contra el imperialismo no debe tener un fin nacional en sí mismo, sino que debe servir para forjar la unidad de todo el proletariado mundial contra el imperialismo. Mientras la bur­guesía argentina llama al imperialismo yanqui a la cordura, para arribar cuanto antes a un compromiso, traidor a los reales intereses nacionales, la clase obrera argentina debía llamar al proletariado anglo-yanqui a sabotear la agresión de su burguesía imperialista y aprovechar la crisis para denunciar y provocar la caída de los Reagan y Thatcher.

¿Cómo actuaron la burguesía y sus partidos frente a la Guerra?

Ya dijimos que respaldaron unánimemente la aventura de la Dic­tadura. Pero con el desarrollo del conflicto se empezó romper el frente burgués.

En la medida en que el imperialismo inglés tuvo que mandar la flota para salvar a la Thatcher (y el capital financiero que repre­senta), así como para salvar la posición mundial del imperialismo inglés; y como la dictadura argentina no podía retirarse sin algún papel que tuviera estampada la palabra soberanía; la crisis interna­cional se agudizó. Estados Unidos entendió que la vía más segura para controlar la crisis era el apoyo directo a Gran Bretaña.

A partir de la evidencia de que el compromiso con los Yanquis estaba en peligro, todo un sector decisivo de la burguesía comienza a plantear la capitulación lisa y llana.

Durante el período de la misión Haig (del gobierno de EE.UU.) la posición de gran capital nacional se manifestó por medio de Al­sogaray (29/4/82) quien planteó que el gobierno debería aceptar un retiro de las Malvinas a cambio de un reconocimiento de la soberanía a plazo cierto (5 o 10 años). Dos días después el diplo­mático Lucio García del Solar da un paso más al frente, y plantea que había que conformarse, no con el reconocimiento de la sobe­ranía a largo plazo, sino con el “entendido” de que las negociacio­nes conducirán a la soberanía, “con el apoyo norteamericano”. Al día siguiente, Bonifacio del Carril, en el diario La Nación, plantea aceptar la administración tripartita y comenzar negociaciones so­bre la soberanía. El gran capital quería un compromiso a cualquier precio con el imperialismo, así como la injerencia directa del im­perialismo yanqui.

El 25 de abril el MID había sacado una solicitada diciendo que “no se evaluó las relaciones de fuerzas internacionales” y de que existiría el peligro de “salir del campo occidental por la contin­gencia del conflicto”. En síntesis, plantea la posición yanqui sin mencionar directamente la necesidad de retirarse de las Malvinas en forma prácticamente incondicional.

¿Unidad Nacional? La burguesía, que había embarcado al país en el conflicto abandonaba sin vergüenza hasta la menor de sus reivindicaciones “nacionales”-y pretendía que el costo de la guerra (sumado al de la crisis preexistente)- lo paguen las masas. Urgía no ir atrás de la imposible unidad nacional que pregonaba la CGT, el PC y el peronismo, sino reconstruir las organizaciones de la clase obrera (desde la Comisión interna hasta la central obrera) para dar la batalla contra el entreguismo antinacional y el ataque a los tra­bajadores.

Todos los partidos, excepto Política Obrera, apoyaron la ocupa­ción de las Malvinas. “Porque una cosa es apoyar una reivindicación nacional, otra cosa es apoyar la oportunidad, los métodos y la finalidad política de conjunto con el que se hace esa ocupa­ción,… En el choque con el imperialismo llamamos a las masas a atacarlo en todos los planos”.

La capitulación de la dictadura

La dictadura, que durante dos meses aseguró que el archipiélago era inexpugnable, usó ese argumento para desarrollar una política de apaciguamiento del imperialismo; en lugar de expropiarlo, ar­mar a la nación y aliarse militarmente con las naciones que apoya­ron la causa, el gobierno rechazó la ayuda militar de Cuba, de Perú, la ex-URSS y de Venezuela. Explicó que no tenía diferencias ideo­lógicas, es decir, de principio, con el imperialismo, por lo que no se justificaría empeñarse hasta destruirlo. Sostenía que debíamos seguir integrando el sistema de alianzas del imperialismo, precisa­mente el sistema que se ha movilizado para aplastarnos como na­ción. Ese planteo en medio de la guerra es el planteo de la traición. Se pretendía ejercer la mayor presión sobre el imperialismo yanqui para que actuara de árbitro.

Otra de las manifestaciones de la entrega de esta lucha, era la afirmación de que, pasara lo que pasara, “ya hemos ganado”, pues “tenemos otra imagen internacional”. En lugar de aceptar la ayuda de América latina, trajeron al Papa, y en lugar de movilizar a la na­ción en armas, se movilizaron a Luján con plegarias. La dictadura capituló ante el agresor imperialista, porque no quería romper los lazos estratégicos con él.

Con su línea de capitulación, la dictadura contribuyó a evitar que el frente imperialista se rompiera.

Una victoria argentina en esta guerra era una victoria de la auto­determinación nacional, por tanto, la de la abolición de toda forma de sometimiento nacional.

La derrota y capitulación fue la consecuencia de la política de postración ante la flota y la alianza anglo-yanqui seguida por el régimen militar desde el mismo 2 de abril. La capitulación tuvo el sello del desesperado afán por arreglarse con los yanquis. Trataron de recomenzar las negociaciones con las Naciones Unidas y abrir un cuadro de recomposición de sus relaciones con el capital extran­jero. La venida del Papa y el apoyo de Galtieri al mismo, tuvo dos objetivos directos: ayudar a desmovilizar el sentimiento patriótico nacional pregonando la paz por sobre la soberanía, buscar una paz con “honra”, que le permita salvar la ropa al régimen y reanudar sus lazos con el imperialismo.

Toda la clase burguesa acompañó a muerte esta política de apaci­guamiento y capitulación frente el imperialismo. La Multipartida­ria, los Contín, Bittel, Frondizi y compañía dijeron una y mil veces que apoyaban todo lo actuado por la Fuerzas Armadas. Ninguno planteó la necesidad un enfrentamiento nacional contra el impe­rialismo.

Decíamos: “El régimen militar no tiene ninguna salida. Ni siquie­ra una salida reaccionaria. Su caída es inevitable. El imperialismo empezó a promover su recambio, que fuera lo menos traumático posible. La burguesía nacional también buscaba recambio, porque ese gobierno ya carecía de autoridad y no estaba en condiciones de arbitrar las diferencias entre sectores y menos elaborar un plan para salvarle de la bancarrota económica en que se encuentra”.

“Para la clase obrera y los explotados esta salida política que se prepara será a expensas suyas. El conjunto las clases dominantes quiere recomponer sus relaciones con el imperialismo”.

Se imponía en primer lugar criticar a muerte cualquier forma de gobierno de transición que permitiera salvar la continuidad del ré­gimen, fuera éste cívico, como pretendía Alfonsín, cívico-militar como planteaba el Partido Comunista, o militar como reclamaba la derecha nacionalista.

La paz imperialista

“No a la paz con el imperialismo”. La camarilla militar, los explotadores en su conjunto, los curas de todos los matices y los infaltables estalinistas, usaron a los soldados argentinos que ca­yeron en las Malvinas, como un monstruoso chantaje contra toda la población trabajadora, para que se aceptara un arreglo con el imperialismo. A esto llamaron conquistar la “paz”. Así como no asumimos ninguna responsabilidad por la iniciación del conflicto, por parte de la dictadura argentina (es decir, con los métodos y fines de clase de esta), no se debía asumir ninguna responsabili­dad con la paz imperialista que se tramitaba. Existían los medios para imponer la victoria de la causa nacional -armamento del país, expropiación del imperialismo, reversión de las la alianzas inter­nacionales. Son la dictadura y la burguesía quienes han resuelto rechazar y sabotear estos métodos. La única paz válida, duradera y venturosa es la que se obtendrá aplastando el imperialismo en todos los terrenos. Los campeones eclesiástico-militar-estalinistas de la paz con el imperialismo son los perpetuadores de la guerra, porque perpetúan sus causas -la explotación de unas naciones por otras y la explotación del hombre por el hombre.

Al pronunciarse por la “paz”, la Multipartidaria se transformó en un socio válido del imperialismo. El viaje del Papa debería asegu­rar la efectivización de un acuerdo nacional entre la Multipartidaria y una nueva cúpula militar, para poner en marcha el proceso de “institucionalización”. La Multipartidaria dejó de ser el frente de la patronal nacional golpeada por la dictadura proimperialista, y tendió a transformarse en el frente de recambio de la democracia proimperialista ante una dictadura desgastada por sus choques im­previstos con el imperialismo.

El operativo democratizante

Bastó que se presentara, de un modo claro, como un enfrenta­miento con el imperialismo, para que las tendencias proimperia­listas de la democracia burguesa salgan a plena luz. Los planteos democráticos formales, que no pueden separarse de la cuestión de­cisiva de liberación nacional en términos generales, están íntima­mente ligados a ésta cuando hay una situación concreta de guerra con el imperialismo.

Un frente que aspirara a la democracia política debía plantear, inevitablemente, su oposición a una solución negociada, que impli­caba un condicionamiento de la soberanía; el desconocimiento o la revisión de la deuda externa; la nacionalización de la gran banca; la depuración de la camarilla militar y el armamento de la nación. Sobre otras bases no hay viabilidad para la democracia, y ésta se transforma en el arma demagógica del imperialismo para re­componer las relaciones de Argentina con el conjunto del sistema imperialista mundial.

La ocupación de las Malvinas bloqueó transitoriamente el ascen­so y el desarrollo del proletariado, desde el 2 de abril, por otra par­te, la burocracia sindical, la Multipartidaria y el PC, se empeñaron para que las masas no se movilizaran con sus propios métodos y sus propios objetivos contra el imperialismo. Las direcciones obre­ras desmovilizaron a la clase y se han integrado al “acuerdo nacio­nal” con la dictadura y con el propio imperialismo -pues plantean la paz negociada y la intangibilidad de los intereses económicos y políticos de éste en Argentina. El principal peligro era que la clase obrera fuera llevada a apoyar al polo burgués democratizante, que buscaba un compromiso con el imperialismo.

Crisis internacional

La ocupación de las Islas Malvinas por parte del gobierno militar dio lugar a una crisis internacional en que fueron involucradas las principales potencias imperialistas.

La fragata, destructores, acorazados, y portaviones de la flota bri­tánica hundidos o seriamente averiados por la aviación argentina; el inmenso costo de la movilización militar del imperialismo en re­lación a su objetivo; así como la magnitud de la crisis internacional provocada por la crisis en el Atlántico Sur no reflejaron solamente la importancia de la superioridad aérea, la cuestión del porte de los navíos de guerra o el valor crucial de la electrónica. Lo que se expresó en esa Guerra era toda la inmensidad de la crisis política del imperialismo mundial.

Los gendarmes nativos del imperialismo en el Atlántico Sur se transformaron, repentinamente, con los aviones y cohetes que les entregó el imperialismo, en los enemigos militares del ejército im­perialista. Y todo esto ocurrió por la simple razón de que seis años de implacable explotación y saqueo de la economía argentina por el gran capital internacional y sus agentes locales, así como el co­losal impasse del conjunto de la burguesía argentina, minaron a tal punto las bases de la dictadura y del Estado burgués que la primera se vio obligada emprender una aventura internacional contra uno de los imperialismos menores, transformando una causa nacional

del país sometido, contra el imperialismo mundial, en una crisis extraordinaria. O esa causa nacional acababa con la dictadura mili­tar y con el régimen burgués (ningún sector de la burguesía nacio­nal manifestaba la menor disposición a mantener la lucha contra el imperialismo hasta sus últimas consecuencias), o el estado ca­pitalista lograba hacer frente a la enorme crisis planteada, lo que tendría como consecuencia la liquidación de las reivindicaciones nacionales.

Los principios proletarios

La Guerra planteó un problema central para la clase obrera y los revolucionarios en todo el mundo y en particular en los países opre­sores. Estuvo en juego la aplicación práctica y concreta del interna­cionalismo proletario. Los partidos obreros y socialistas de Europa se alinearon con su burguesía imperialista. Creyeron que tildando a Galtieri de “pequeño dictador” se consagraban como demócratas, cuando la opresión principal es la de los demócratas imperialistas, precisamente los que llevaron al gobierno al pequeño dictador.

En ese momento, llamamos a los auténticos revolucionarios euro­peos a repudiar a sus gobiernos, a defender el derecho argentino a las Malvinas y hacer todos los esfuerzos para sabotear los ánimos de guerra de la “democrática” corona británica, histórica carcelera de los pueblos.

León Trotsky dejó una lección muy clara en lo que refiere a la caracterización de una guerra entre un país oprimido y uno impe­rialista:

“En Brasil reina ahora un régimen semifascista que todo revo­lucionario no puede ver más que con odio. Supongamos, sin em­bargo, que mañana Inglaterra entra en un conflicto militar con Brasil… En este caso estaré del lado del Brasil ‘fascista’ contra la ‘democrática’ Gran Bretaña. ¿Por qué? Porque el conflicto entre ellos no será una cuestión de democracia o fascismo. Si Inglaterra saliera victoriosa, pondría otro fascista en Río de Janeiro y co­locaría dobles cadenas al Brasil. Si por el contrario Brasil fuera victorioso, daría un poderoso impulso a la conciencia nacional y democrática del país y conduciría al derrocamiento de la dictadu­ra de Vargas. La derrota de Inglaterra daría al mismo tiempo un golpe al imperialismo británico y un impulso al movimiento revo­lucionario del proletariado británico. Verdaderamente uno tiene que tener la cabeza vacía para reducir los antagonismos mundia­les y los conflictos militares a la lucha entre fascismo y democra­cia. ¡Bajo todas las máscaras uno debe saber cómo distinguir a los explotadores, los esclavistas y saqueadores!” León Trotsky, Entre­vista con Mateo Fossa, en Escritos, setiembre de 1938.

“Si hay guerra la nación debe tomar las armas y hacer la gue­rra a lo largo y ancho del país”

Gran Bretaña y Francia presionaron al imperialismo yanqui para que forzara el retiro argentino, porque de lo contrario se sentaría un mal precedente para sus otras posesiones coloniales.

Si se da una guerra, la política antiimperialista es guerra a muerte, guerra revolucionaria al imperialismo. No sólo una guerra naval en el Sur, sino ataque a las propiedades imperialistas en todo el terri­torio nacional, confiscación del capital extranjero y, por sobre todo, armamento de los trabajadores.

La política de la dictadura fue explícita: respeto a la propiedad de los opresores, y no hizo nada para impedir el boicot económico de las metrópolis, pidió una mediación de Estados Unidos.

El apoyo a la reivindicación nacional no debe confundirse con el apoyo político a la dictadura, que era una conducción incon­secuente, traidora, e incluso antinacional, de la lucha por la reivindicación nacional.

“Independencia obrera y antiimperialista frente a la dicta­dura”. Se pretendió arrastrar los trabajadores argentinos detrás de la dictadura, aprovechando la cuestión de Malvinas, blanquearse por sus crímenes, hacer olvidar su entreguismo y su agresión a los trabajadores, especialmente después de la gran jornada del 30 de marzo. La Multipartidaria, un sector de la burocracia sindical como Miguel, Triaca, y Ubaldini y hasta el PC plantearon un gobierno de “unidad nacional”.

Se planteó que, por el contrario, para tener toda la libertad para luchar contra el imperialismo, y para impedir que se negocien las Malvinas, es necesario no apoyar a la dictadura antinacional. Y se planteó un programa para mantener la independencia: 1) denun­cia del intento de capitular ante el imperialismo, 2) intervenir todo el capital extranjero que está saboteando o especulando contra la economía nacional, 3) en caso de guerra extenderla a todo el país, atacando y confiscando el gran capital imperialista y, por sobre todo, llamar a los trabajadores a armarse, 4) satisfacción inmediata de todas las reivindicaciones planteadas por los sindicatos y otras organizaciones de trabajadores, y satisfacción de los reclamos del movimiento de familiares y madres sobre los desaparecidos, 5) impulsar la formación de un frente único antiimperialista, que impulse prácticamente este programa.

La intervención del proletariado

¿Cómo podía el proletariado retomar su perspectiva de ascenso y explotar la crisis con el imperialismo para elevar la lucha de las masas y conquistar la dirección del conjunto de los trabajadores? “1) fue esencial orientar el impulso antiimperialista hacia los Co­mités patrióticos en la fábrica, teniendo en vista, principalmente, el control sobre los beneficios capitalistas y la necesidad de unir a toda la zona circundante en manifestaciones por el entrenamiento y el armamento la población. Había que explicar a oficiales y sol­dados que Puerto Argentino estaba políticamente perdido si no se adoptaba una política revolucionaria contra el imperialismo. Esos Comités patrióticos debían servir 1) para organizar los cuerpos de delegados y las internas. 2) Para imponer de hecho el funciona­miento de los sindicatos, tomando como base la exigencia de que se movilicen contra el imperialismo y de que defienda a los traba­jadores contra la carestía y la desocupación… En estrecha relación con esta tarea reclamábamos el cese de las intervenciones, la plena libertad de organización política y sindical, la libertad de todos los presos y la vigencia de los derechos constitucionales. 3) decíamos que la democracia formal e inconsecuente no puede conducir vic­toriosamente a la lucha contra el imperialismo, ni atenuar (no diga­mos eliminar) la miseria de las masas y la postración de la nación. La conquista de la democracia política efectiva está ligada a dos cuestiones: el armamento de los trabajadores y el aplastamiento del imperialismo, es justamente con estas dos reivindicaciones que debe plantearse la convocatoria de una asamblea constituyen­te soberana. Sólo explotando la lucha contra el imperialismo para organizar y armar al proletariado podrá avanzarse hacia el derro­camiento de la dictadura militar. 4) la realización de estas reivin­dicaciones dependía de que el proletariado no fuera entrampado en el polo burgués en plena gestación. Se hacía necesario poner en pie a las organizaciones de clase del proletariado y dar la batalla para echar a la burocracia sindical. 5) la acentuación del despertar antiimperialista; las divergencias inevitables entre la burguesía y la pequeña burguesía, que resultaban del agravamiento de la crisis y de la derechización de la primera; la lucha a muerte contra el polo burgués; la puesta en pie del proletariado; debía conjugarse con la táctica política de conformar un frente revolucionario antiimperia­lista”.

La política de organizaciones que se reclaman del trotskysmo

El grupo “O Trabalho” de Brasil, se había pronunciado por Ar­gentina, pero sintetizaban su posición en el eslogan “Ni Thatcher ni Galtieri”, desplazándose de esta forma hacia las posiciones del imperialismo. Este error seguramente nace de la confusión política y también de su capitulación ante el gobierno “socialista” francés (al que apoyan “críticamente”). Gobierno que fue el principal alia­do europeo de los piratas. Embargó el envío de los Exocet a Perú, para que no llegue ningún refuerzo a la Argentina, y ha cumplido con rigor el bloqueo contra Argentina, para quebrarla en todos los terrenos.

El problema político de esta guerra no se reduce al hecho de que opone una nación opresora contra una nación oprimida, pues una de las características concretas es que el gobierno de esta última es una dictadura impuesta, oportunamente, por el propio imperialis­mo, y de indudable filiación burguesa y antiobrera.

Esta es una contradicción objetiva de esta guerra, y no se les pri­vará apoyando a una Argentina “pura”, compuesta por “pueblo”, incontaminado del régimen político que la gobierna. El apoyo a la nación oprimida debe ser incondicional, lo que significa: indepen­diente del gobierno que circunstancialmente la dirige. Cualquier otro planteamiento equivalía admitir que la derrota del país some­tido a manos del imperialismo, puede ser conveniente para la causa el proletariado mundial.

Es que el resultado históricamente progresivo de esta guerra (y no sólo para los trabajadores argentinos sino de todo el mundo) sería la derrota de Gran Bretaña a manos de Argentina, incluso bajo la forma de una derrota de la Thatcher a manos de Galtieri. La derrota de la Thatcher sería un golpe fantástico en favor del proletariado británico, del pueblo de Irlanda, y del conjunto de las naciones oprimidas, y no sería ningún refuerzo para la dictadura argentina, por la simple razón de que la derrota imperialista significaría la quiebra de la base de sustentación irreemplazable de este régimen.

La OCI de Francia no ha entendido lo que significaba colocarse en el campo de la nación oprimida sin apoyar al gobierno burgués o dictatorial de esta. No apoyar a la dictadura no es poner un signo igual entre ella y el imperialismo, sino combatir todo esfuerzo que se haga por confundir, mezclar, o identificar los objetivos, los mé­todos y los intereses del proletariado, en esta guerra, con los de la dictadura o los de la burguesía, y, de esta manera, preparar las con­diciones para que el proletariado se convenza, y convenza a la ma­yoría nacional, de la necesidad de conquistar para sí la dirección de la guerra antiimperialista, derrocando, oportunamente, al gobierno burgués, civil o militar, de turno. No apoyar a la dictadura es no apoyarla contra el proletariado, pues a eso equivaldría el apoyar la conducta política y militar del contenido de clase que la dictadura invariablemente le da a esta guerra.

En una guerra nacional, la participación decisiva del proletariado como clase rompe los límites del régimen político imperante (¡con­trol obrero, entrenamiento militar y armamento de la población!), es que el no apoyo a la dictadura como régimen y el apoyo práctico a su guerra contra la flota imperialista forman los pilares de la polí­tica revolucionaria. Colocar a la Thatcher y a Galtieri en el mismo plano es, desde un punto de vista internacional, un crimen político, que refuerza los prejuicios democrático-imperialistas del proleta­riado de los países avanzados y debilita la determinación de lucha antiimperialista del proletariado de las colonias y semicolonias.

El avance y los golpes de la flota británica abrían la posibilidad de un compromiso político que se basara en el armamento exten­dido de los trabajadores y en el llamado a la solidaridad militar de América Latina. La crisis que la perspectiva de una derrota podía abrir en el ejército planteó la posibilidad en ese sentido, y es por eso que llamamos a manifestar sobre los cuarteles con la consigna de entrenamiento militar y armamento los trabajadores.

El planteamiento de que no sería admisible ninguna clase de com­promiso con la dictadura, era ni más ni menos que condenar al proletariado a la pasividad. La clase obrera solamente puede ob­tener las armas por una de dos vías: por una revolución o como consecuencia de una enérgica presión sobre el ejército, a través de manifestaciones de masas. Por lo tanto, el único camino era parti­cipar enérgicamente en la lucha por darle a la guerra un carácter nacional.

El grupo brasileño mencionado denunciaba al gobierno de Brasil por no apoyar militarmente la Argentina y reclamaba que sea in­mediatamente efectivo ese apoyo. ¡Qué contradicción! ¿A quién debería el gobierno brasileño haber dado las armas, sino a Galtieri?

Para la OCI francesa la esencia de la política revolucionaria en el momento actual sería plantear “abajo Galtieri”. No hay que olvidar que la preocupación de esta gente es quedar bien con la opinión pública parisina, y esta consigna es un éxito seguro, cuando per­mite esquivar la responsabilidad del imperialismo francés. Sólo conquistando una posición efectiva e independiente en la guerra, podría colocarse la caída de la dictadura a la orden del día. Para acabar con Galtieri, había que luchar contra la Thatcher.

Las reivindicaciones democráticas tienen una importancia prio­ritaria para la movilización de los trabajadores, y se impondrán efectivamente en la medida en que en que esta movilización se des­envuelva. Pero afirmar que la democracia formal, como régimen político, significa, en cualquier circunstancia, un progreso para la lucha contra el imperialismo es una postura antiobrera. Es no sólo olvidar el carácter de clase esta democracia sino su función desmo­vilizadora. No sólo es verdad lo contrario: la lucha contra el impe­rialismo permitía conquistar una real democracia política, sino que el planteamiento abstracto del régimen parlamentario (elecciones), independiente de las posiciones políticas de las distintas clases en esta guerra, y en particular de la burguesía democratizante, corres­ponde al interés del imperialismo de instrumentar un golpe o un recambio “democrático”.

La consigna “abajo la dictadura” ha sido desplazada relativamen­te por la de “abajo la flota británica”, guerra total (internacional, política y económica) contra el imperialismo. Como quiera que no existe dictadura sin imperialismo, esta consigna modifica la forma de lucha contra la dictadura. Abajo la dictadura, no es sino otra ver­sión de “Ni Thatcher, Ni Galtieri”. En esa etapa había que encon­trar el camino para intervenir con posiciones propias en el conflicto desarrollar la confianza en sus propias fuerzas y ganar a la mayoría de la nación.

La lucha contra la dictadura no queda suspendida en ningún mo­mento: toma la forma de la lucha contra el verdadero amo de ella y de denuncia de la capitulación del gobierno militar ante aquel. Así se va abriendo paso, de nuevo, la consigna de “abajo la dictadura”.

La recuperación de la soberanía en Malvinas no será resuelta en las asambleas de las Naciones Unidas, aunque sigan votando por décadas que Gran Bretaña se debe sentar a negociar con Argentina. Las islas Malvinas tienen una gran importancia económica y mili­tar para el imperialismo.

Las Malvinas serán recuperadas como parte de lucha de la cla­se obrera y los oprimidos de toda Latinoamérica por liberarse del yugo imperialista, terminando con el dominio de las multinacio­nales sobre los rubros vitales de nuestra economía, apoderándose de nuestros recursos naturales. Serán recuperadas en el marco de la conquista de los Estados Unidos Socialistas de América Latina.