La crisis internacional se agrava e impulsa aún más las tendencias belicistas
El panorama de crisis internacional continúa con toda su fuerza, representado por la guerra comercial y los conflictos bélicos. La raíz de esta crisis radica en la creciente contradicción entre las fuerzas productivas avanzadas de la fase imperialista y las relaciones de producción, basadas en la explotación de la mano de obra y de los recursos naturales del planeta. La salida a dicha contradicción solo puede darse mediante la modificación de estas relaciones de producción, de modo que el enorme potencial técnico-productivo se ponga al servicio de las condiciones de vida de la mayoría. La fase actual, de agonía del capitalismo, no hace más que retrasar la solución. Las respuestas presentadas por el imperialismo representan un intento de aliviar momentáneamente a las grandes potencias, lo que acaba provocando nuevas crisis, conflictos armados y miseria para las masas de los países con capitalismo atrasado. Destacamos tres frentes principales de la crisis actual: la guerra en Ucrania, la crisis en Oriente Medio y en América Latina.
En la guerra de Ucrania, el proceso de negociación ha cobrado impulso en los últimos días. Los enviados de la Casa Blanca, Jared Kushner y Steve Witkoff, se reunieron con Vladímir Putin y se desplazaron posteriormente a Kiev para hablar directamente con Volodímir Zelenski, una iniciativa considerada sin precedentes por incluir formalmente a la parte ucraniana en las negociaciones. Zelensky afirmó que espera reunirse con Donald Trump después del 20 de septiembre para discutir el suministro de interceptores antimisiles, y las partes buscan hacer posible una reunión trilateral (Ucrania-Rusia-EE. UU.) en breve. A pesar de ello, Rusia reanudó los ataques aéreos contra Kiev horas después de la partida de los emisarios estadounidenses, lo que indica que Putin participa en las negociaciones con la ventaja de encontrarse en mejores condiciones bélicas y posicionales que Ucrania. La participación de EE. UU. se produce en un contexto en el que el imperialismo pretende dirigir sus esfuerzos hacia futuros conflictos con China, en territorio asiático. Conviene recordar que el mantenimiento de una guerra que se acerca a los cinco años es en gran medida responsabilidad de EE. UU., que ha fomentado la resistencia ucraniana durante un largo periodo, además de imponer sanciones a Rusia.
En Oriente Medio, siguen activos dos focos de conflicto. En Gaza, Hamás ha aceptado un plan negociado con la mediación de Egipto, Catar, Turquía y EE. UU. para su desarme gradual, a cambio de la retirada israelí y la entrada de una Fuerza Internacional de Estabilización vinculada al «Consejo de la Paz» creado por Trump. Israel, sin embargo, no ha respaldado públicamente el plan ni considera satisfactorias las garantías de desmilitarización, y las organizaciones locales siguen denunciando violaciones del alto el fuego firmado en octubre de 2025. Está bastante claro que el Estado sionista pospone todo lo posible la implementación de una gobernanza que no esté bajo su tutela, aunque participe en ella. Mientras tanto, sigue avanzando en Cisjordania, con el asentamiento E1 y con incentivos indirectos para que los colonos ataquen a los residentes palestinos de la región. La gravedad de la situación se ve agravada por el cerco de EE. UU. a Irán, la principal potencia regional no alineada con el imperialismo.
La escalada entre EE. UU. e Irán en el estrecho de Ormuz alcanzó esta semana su punto más tenso desde el inicio del conflicto, en febrero. Después de que las fuerzas estadounidenses destruyeran cinco petroleros iraníes cerca de la isla de Kharg, la Guardia Revolucionaria iraní respondió, el 9 de septiembre, con misiles contra la base aérea estadounidense de Al-Azraq, en Jordania (18 de los 20 fueron interceptados por los sistemas de defensa jordanos). Irán también ha llevado a cabo ataques contra unas veinte embarcaciones en el Golfo, entre ellas buques de guerra y petroleros estadounidenses. La situación actual pone de manifiesto que el bloqueo económico no fue más que una etapa del conflicto y que los ataques militares directos han vuelto con fuerza.
Estados Unidos es el epicentro de la crisis internacional. Está implicado en todos los conflictos fundamentales. Sin embargo, se equivoca quien cree que se trata de una ofensiva del Gobierno. Trump, a pesar de romper con ciertas políticas de los demócratas, ha dado continuidad a la guerra comercial y a la escalada bélica. Ambos comparten el objetivo de frenar el crecimiento de China en sectores estratégicos como el de la tecnología (lo cual está vinculado a los problemas energéticos y al abastecimiento de materias primas específicas). Esto ayuda a explicar la reciente ofensiva imperialista contra América Latina.
Venezuela sufre las consecuencias de la operación militar de EE. UU. del 3 de enero de 2026, cuando las fuerzas especiales capturaron a Nicolás Maduro y a su esposa, Cilia Flores, que actualmente se encuentran detenidos bajo custodia estadounidense acusados de narcoterrorismo. Entre los principales cambios implementados por la vicepresidenta Delcy Rodríguez, el suministro de petróleo es el que más llama la atención. Estados Unidos ya ha alcanzado un nivel de recepción de petróleo venezolano que no tenía desde 2018. Pero es en el bloqueo a Cuba donde el imperialismo ha mostrado sus garras más afiladas. La isla permanece bajo un intenso bloqueo, lo que lleva a la población a la miseria, a la escasez de productos en los supermercados, a la falta de electricidad, etc. Estados Unidos promete derrocar al régimen de Cuba antes de que termine este año.
A pesar de que EE. UU. está provocando una profunda crisis internacional, también sufre su propia crisis interna. El endurecimiento de las operaciones del ICE ha elevado el número de detenidos de 40 000 a 68 000 desde el inicio del segundo mandato de Trump, y se prevé que alcance los 100 000. Las muertes de civiles en acciones en Minneapolis (Renée Good y Alex Pretti) provocaron manifestaciones que, sin embargo, no lograron confrontar al Gobierno de Trump. Todo apunta a que las manifestaciones han adolecido de un carácter espontáneo, y que las organizaciones de trabajadores no han asumido el papel enfrentar al Gobierno.
Tanto en EE. UU., donde la crisis de dirección revolucionaria del proletariado es muy profunda, como en el resto de países, la clase obrera sigue siendo rehén de direcciones políticas vinculadas a los gobiernos y, por lo tanto, a la conciliación de clases. En estas condiciones, los explotados recurren a protestas espontáneas y a acciones desesperadas, como, por ejemplo, las oleadas migratorias. La tarea central de los trabajadores sigue siendo la organización propia e independiente de los gobiernos y los patrones, lo que significa construir el partido obrero revolucionario en cada país, como parte de la reconstrucción de la IV Internacional, la única capaz de dar una respuesta global a la profunda crisis internacional a la que nos enfrentamos.
(POR Brasil – Massas n 772)
