El reformismo de contenido burguesa y la derecha tradicional se alternan en el poder y fracasan sin lograr satisfacer las necesidades de la inmensa mayoría

𝘓𝘢 𝘤𝘳𝘪𝘴𝘪𝘴 𝘦𝘴𝘵𝘳𝘶𝘤𝘵𝘶𝘳𝘢𝘭 𝘥𝘦𝘭 𝘤𝘢𝘱𝘪𝘵𝘢𝘭𝘪𝘴𝘮𝘰, 𝘢𝘨𝘳𝘢𝘷𝘢𝘥𝘢 𝘱𝘰𝘳 𝘭𝘢 𝘤𝘳𝘪𝘴𝘪𝘴 𝘴𝘢𝘯𝘪𝘵𝘢𝘳𝘪𝘢 𝘥𝘦 𝘭𝘢 𝘤𝘰𝘳𝘰𝘯𝘢 𝘷𝘪𝘳𝘶𝘴, 𝘱𝘰𝘯𝘦 𝘢𝘭 𝘥𝘦𝘴𝘯𝘶𝘥𝘰 𝘦𝘭 𝘢𝘨𝘰𝘵𝘢𝘮𝘪𝘦𝘯𝘵𝘰 𝘥𝘦𝘭 𝘴𝘪𝘴𝘵𝘦𝘮𝘢 𝘴𝘰𝘤𝘪𝘢𝘭 𝘤𝘢𝘱𝘪𝘵𝘢𝘭𝘪𝘴𝘵𝘢 𝘺 𝘥𝘦 𝘴𝘶𝘴 𝘦𝘹𝘱𝘳𝘦𝘴𝘪𝘰𝘯𝘦𝘴 𝘱𝘰𝘭í𝘵𝘪𝘤𝘢𝘴. 𝘌𝘭 𝘳𝘦𝘧𝘰𝘳𝘮𝘪𝘴𝘮𝘰 𝘥𝘦 𝘤𝘰𝘯𝘵𝘦𝘯𝘪𝘥𝘰 𝘣𝘶𝘳𝘨𝘶é𝘴, 𝘢𝘭 𝘧𝘳𝘢𝘤𝘢𝘴𝘢𝘳 𝘦𝘯 𝘴𝘶 𝘱𝘢𝘴𝘰 𝘱𝘰𝘳 𝘦𝘭 𝘱𝘰𝘥𝘦𝘳, 𝘵𝘦𝘳𝘮𝘪𝘯𝘢 𝘤𝘰𝘮𝘰 𝘴𝘪𝘳𝘷𝘪𝘦𝘯𝘵𝘦 𝘥𝘦𝘭 𝘪𝘮𝘱𝘦𝘳𝘪𝘢𝘭𝘪𝘴𝘮𝘰. 𝘓𝘢𝘴 𝘮𝘢𝘴𝘢𝘴 𝘦𝘯 𝘴𝘶 𝘭𝘶𝘤𝘩𝘢 𝘯𝘰 𝘦𝘯𝘤𝘶𝘦𝘯𝘵𝘳𝘢𝘯 𝘶𝘯𝘢 𝘱𝘦𝘳𝘴𝘱𝘦𝘤𝘵𝘪𝘷𝘢 𝘳𝘦𝘷𝘰𝘭𝘶𝘤𝘪𝘰𝘯𝘢𝘳𝘪𝘢 𝘦𝘯𝘤𝘢𝘳𝘯𝘢𝘥𝘢 𝘦𝘯 𝘭𝘢 𝘱𝘰𝘭í𝘵𝘪𝘤𝘢 𝘥𝘦𝘭 𝘱𝘳𝘰𝘭𝘦𝘵𝘢𝘳𝘪𝘢𝘥𝘰.

𝗣𝗿𝗼𝗳. 𝗠𝗶𝗴𝘂𝗲𝗹 𝗟𝗼𝗿𝗮 𝗢𝗿𝘁𝘂ñ𝗼

Frente a la situación de gran malestar social sin una salida revolucionaria, acicateado por la presión del malestar social, se suceden en el poder político -de manera alternada- gobiernos reformistas con expresiones democratizantes francamente pro imperialistas de la vieja derecha. Los reformistas que inicialmente pregonan posturas antiimperialistas para embriagar a las masas hambrientas que desesperadamente buscan pan, trabajo, estabilidad social, salud y educación, muy pronto se agotan al no poder satisfacer las necesidades de la gente y por desarrollar una política francamente burguesa al proteger los intereses de la clase dominante nativa y del imperialismo cargando sobre las espaldas de las masas el peso de la crisis. Así el fracaso de la política reformista abre el paso a la derecha recalcitrante que igualmente se gota muy pronto,
No se trata solamente de un fenómeno nacional sino de una experiencia que se está viviendo en otros países del continente y del mundo. En Argentina, Brasil, Chile, Perú, etc., para no ir muy lejos, en poco tiempo, esta alternancia del paso por el poder del reformismo con la ultra derecha, al fracasar en el intento de sobre montar los efectos de la crisis económica, dejan una estela de frustraciones en las masas. Experiencia que nuevamente se repite, como si se tratara de un círculo vicioso, porque las masas vuelven a ser arrastradas a elecciones para volver a encumbrar en el poder a los fracasados de la víspera.

Esta frustración repetida de la política burguesa en todas sus expresiones para resolver los problemas que genera la crisis económica, confirma plenamente una de las tesis fundamentales del marx – leninismo trotskista, que lo diferencia radicalmente del resto de las expresiones políticas del reformismo. El programa revolucionario parte de la evidencia de que, a esta altura del desarrollo del capitalismo que está viviendo sus últimos estertores de vida, ya no es posible lograr el desarrollo de los países de la periferia semicolonial en el marco del capitalismo, como no es posible ya resolver los problemas que genera la crisis capitalista sin afectar los intereses de la fuerza de trabajo y de las mayorías oprimidas de los países. La burguesía nativa y la imperialista sólo pueden encontrar la tabla de su salvación a costa de condenar a las grandes mayorías de la población al tormento del hambre y de la sobre explotación.

La explicación de este empantanamiento de las acciones de las masas que se quedan en el marco del democratismo burgués sin poder romper con el reformismo para proyectarse hacia una salida francamente revolucionaria que consiste en acabar con el Estado burgués corrupto e incapaz, es la ausencia política del proletariado como la dirección de la nación oprimida. Esta ausencia, sin embargo, no quiere decir que la política revolucionaria no exista, forjada programáticamente en el proceso anterior del gran ascenso de masas hasta 1971, cuya expresión culminante fue la Asamblea Popular donde el proletariado estuvo a punto de tomar el poder y construir su propio Estado de obreros y campesinos. Esta respuesta programática está presente en el Partido Obrero Revolucionario que pugna, junto a los partidos trotskistas de la región, por convertir a la IV Internacional en el partido mundial del proletariado. Este trabajo en Bolivia, durante la presente coyuntura, encuentra el obstáculo de que el proletariado no logra recuperarse de su derrota política y física que inicia desde 1971 y dura hasta el presente. El proletariado minero, vanguardia de los asalariados del país, no logra superar su vergonzoso papel de colaborar con los gobiernos de turno para satisfacer necesidades coyunturales del sector, olvidando que los otros explotados y oprimidos del país están viviendo las consecuencias del desvarío político proletario y están luchando sin perspectiva alguna.

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