81º aniversario del asesinato de León Trotsky  (2da Parte)

 

En el anterior periódico de masas iniciamos la campaña sobre el asesinato de León Trotsky el 20 de agosto de 1940. Publicamos la primera parte del folleto «Trotsky y nosotros» de Guillermo Lora. A continuación continuamos la exposición de los fundamentos dejados por Trotsky, que corresponden al desarrollo del marxismo-leninismo. Nuestro objetivo es fortalecer la lucha por la construcción del POR en Brasil, una sección del Comité de Enlace para la Reconstrucción de la Cuarta Internacional.

 


LO QUE LE DEBEMOS A TROTSKY (Guillermo Lora)

De la misma manera que el leninismo no es más que el marxismo aplicado a la época del capitalismo monopolista, del imperialismo y de la decadencia del régimen burgués, el trotskysmo es el marxismo del período de la revolución socialista mundial, cuando la protagonizan los países de poco desarrollo capitalista y conforman la mayor parte del mundo. Lenin se consideraba un discípulo de Marx y Engels y nunca aceptó que sus aportes teóricos fuesen bautizados como leninismo. Igual actitud asumió Trotsky que de manera tan reiterada dijo ser nada más que un marxista y un heredero y defensor del leninismo frente a las tendencias revisionistas que no cesaron ni cesan de conspirar contra su integridad.

Sin embargo, los importantes aportes y aclaraciones en el campo de la teoría tienen el invariable destino de concluir identificándose con quién los enunció. Se puede hablar con toda legitimidad y sin violentar la esencia del marxismo, de trotskysmo y también de trotskysmo boliviano.

Todo lo que llevamos dicho se confirma si no olvidamos que Trotsky cuando enuncia la teoría de la revolución permanente, de tanta importancia para la comprensión de las revoluciones que tienen lugar en la hora que vivimos, lo hace invocando no solamente los argumentos teóricos que expusieron en su momento Marx y Engels, sino inclusive la misma denominación del planteamiento. Lenin y Trotsky conocían de memoria la circular de la Liga Comunista de 1850 y en ella está ya esbozada la revolución permanente.

Correspondió a Marx y Engels señalar el carácter revolucionario de la clase obrera contemporánea, del proletariado, esto superando la idea que los socialistas de las más diferentes escuelas heredaron de la burguesía que englobó a todos los productores en el “tercer estado”. Está ya en los clásicos la tesis en sentido de que la presencia del proletariado modifica profundamente la mecánica de clases y el carácter de la revolución. Desde este momento la burguesía estaba condenada a concluir indefectiblemente como clase reaccionaria, como la aliada de las expresiones de opresión clasista del pasado y del presente. La revolución timoneada por el proletariado no podía menos que ser totalmente diferente a las revoluciones burguesas.

De Trotsky aprendimos que no es suficiente repetir las leyes generales de la transformación de la sociedad, sino que es preciso comprender cómo se truecan en particulares al penetrar en una determinada realidad nacional, que en verdad esto es la política. En el caso que nos ocupa: se trataba de saber como actúan las leyes de la revolución socialista mundial, que constituye una unidad superior y que modifica a las revoluciones nacionales, en países de poco desarrollo capitalista, donde coexisten diferentes e importantes modos de producción, donde el proletariado es una minoría con relación a las grandes masas sociales heredadas del pasado.

El proletariado, aunque sea minoritario, joven, inculto, etc, es la única clase social revolucionaria consecuente por el lugar que ocupa en el proceso de la produccion, por no ser propietaria y por ser hija del capitalismo. De aquí arranca que sea ya instinto comunista, incluso antes de ser tendencia política que lucha conscientemente por la instauración de la sociedad sin clases, que para libertarse -liberación que es una necesidad histórica- no tiene más remedio que libertar a toda la sociedad, acabar con toda forma de opresión de clase. La clase obrera no por ser minoritaria o por encontrarse frente a la burguesía nativa y a la vasta masa campesina, todas soportando la opresión imperialista, pierde sus condiciones inherentes de clase, como plantean los teóricos del nacionalismo burgués o del stalinismo. Contrariamente y ésta es una de las particularidades del proletariado de los países atrasados, la clase revolucionaria minoritaria se agiganta políticamente porque tiene que cumplir tanto sus tareas de clase como las nacionales, tiene que encontrar el medio de encarnar a la mayoría nacional y sus problemas, debe ser la expresión de la nación oprimida en su conjunto, lo que logra a través de la alianza obrera-campesina. Los hombres de la gleba son quienes llevan en sus hombros al proletariado hacia el poder; la burguesía, inclusive aquella que debutó acaudillando a la mayoría nacional, acaba siendo empujada por el mismo proceso convulsivo hacia posiciones reaccionarias. Como se ve, la presencia del proletariado como clase, es decir consciente en sentido marxista, ha modificado profundamente la mecánica de clases y también el carácter de la revolución burguesa, de la que tiene como tareas importantes las democráticas.

Nosotros no tuvimos que descubrir en este terreno los aportes teóricos, nuestro trabajo se redujo a aplicar lo aprendido a nuestra realidad. Trotsky sintetizó de la siguiente manera sus conclusiones: “Con respecto a los países de desarrollo burgués retrasado, y en particular de los coloniales y semicoloniales, la teoría de la revolución permanente significa que la resolución íntegra y efectiva de sus fines democráticos y de emancipación nacional tan sólo puede concebirse por medio de la dictadura del proletariado, empuñando éste el poder como caudillo de la nación oprimida y, ante todo, de sus masas campesinas.

“El problema agrario, y con él el problema nacional, asignan a los campesinos, que constituyen la mayoría aplastante de la población de los países atrasados, un puesto excepcional en la revolución democrática. Sin la alianza del proletariado con los campesinos, los fines de la revolución democrática no sólo no pueden realizarse, sino que ni siquiera cabe plantearlos seriamente. Sin embargo, la alianza de estas dos clases no es factible más que luchando contra la influencia de la burguesía liberal nacional.”

La clase revolucionaria y en esto se diferencia de los otros sectores sociales, imprime autoritariamente su impronta en todo lo que toca o pasa por sus manos. El rol del proletariado de los países atrasados es particular, único, porque se encuentra inmerso en el intrincado proceso de la revolución democrática cuando la burguesía se ha desplazado al campo de la contrarrevolución. No puede quedarse en el marco de las realizaciones puramente democráticas, basamento del capitalismo y de la explotación inevitable de la fuerza de trabajo, acicateado por la necesidad histórica de su propia liberación, se ve obligado a transformar radicalmente el cumplimiento de las tareas democráticas y les imprime carácter socialista, la revolución burguesa es transformada en socialista, todo en una sola etapa, como función inherente a la dictadura del proletariado: “La dictadura del proletariado, que sube al poder en calidad de caudillo de la revolución democrática, se encuentra inevitable y repentinamente, al triunfar, ante objetivos relacionados con profundas transformaciones del derecho de propiedad burguesa. La revolución democrática se transforma directamente en socialista, convirtiéndose con ello en permanente”

La revolución comienza inevitablemente dentro de las fronteras de un país, como consecuencia del desarrollo extremadamente desigual de la conciencia de clase del proletariado de las diferentes regiones, esto pese a ser una clase que muestra idénticos sus grandes rasgos por encima de las fronteras nacionales y cuando no se olvida que el internacionalismo proletario no es más que la réplica social del carácter mundial de la economía capitalista; pero no tiene posibilidad de resolver a fondo los problemas más agudos que emergen de su propio desarrollo, cosa que puede darse únicamente en el plano internacional. Por estas razones la revolución nacional se trueca en internacional: “La conquista del poder por el proletariado no significa el coronamiento de la revolución, sino simplemente su iniciación. La edificación socialista sólo se concibe sobre la base de la lucha de clases en el terreno nacional e internacional. En las condiciones de predominio decisivo del régimen capitalista en la palestra mundial, esta lucha tiene que conducir inevitablemente a explosiones de guerra interna, es decir civil, y exterior, revolucionaria. En esto consiste el carácter permanente de la revolución socialista como tal, independientemente del hecho, de que se trate de un país atrasado, que haya realizado ayer todavía su transformación democrática, o de un viejo país capitalista que haya pasado por una larga época da democracia y parlamentarismo.

Desde que nos tocó actuar políticamente sabíamos que este pequeño país que es Bolivia, demasiado pobre y que es un pretexto para la disputa de las ambiciones de todos los vecinos que la rodean en un continente parcelado y cuyo orden internacional viene siendo impuesto por el imperialismo, solamente podía ingresar plenamente a la civilización en el marco de los Estados Unidos Socialistas de América Latina. Trotsky ya había llegado en 1934 a la conclusión de que al joven proletariado latinoamericano le correspondía sellar la unidad del continente, imprescindible si se quiere derrotar al imperialismo, una fuerza sojuzgadora que actúa por encima de las fronteras nacionales, y preservar la independencia nacional.

 

La revolución es siempre un fenómeno que presenta rasgos excepcionales y de ninguna manera se trata del “calco servil de experiencias ya dadas en otras latitudes. Constituye la expresión más elevada de las características nacionales, de la historia, de la economía, en fin, de la cultura de una determinada región. La función política es descubrir las leyes que rigen esa transformación radical. A esto se llama teoría de la revolución de un cierto país. Los poristas bolivianos nos hemos formado y realizado en esta gigante e imprescindible tarea. Ha sido posible cumplir tal labor gracias a la ayuda que hemos encontrado en los aportes de Trótsky, que, por esto mismo, en ningún momento fue un extraño para nosotros. La revolución es todo un proceso histórico, determinado, en último término; por el grado de desarrollo alcanzado por las fuerzas productivas. La toma del poder es la victoria de la finalidad estratégica de esta etapa de lucha por la destrucción del capitalismo, sin embargo no puede ser considerada como el momento del total cumplimiento del proceso de transformación; contrariamente, es apenas el primer paso. Debido a que es el proletariado la clase social que la dirige, la revolución conocerá su victoria final cuando concluya con toda forma de opresión de clase y para llegar a este objetivo, una etapa, siempre en pugna con la anterior, servirá de peldaño que permita dar un paso más hacia adelante; en este largo camino habrán muchos avances y retrocesos, determinados por el desarrollo de la economía tanto nacional como internacional, por el desarrollo del movimiento revolucionario internacional.

Trotsky nos ha enseñado a comprender debidamente la economía mundial y que constituye un valioso elemento teórico para la comprensión de nuestra realidad. En su polémica con los teóricos del stalinismo dejó sentado que la economía mundial, fenómeno propio de nuestra época, constituía una unidad no solamente ubicada por encima de las economías nacionales, sino actuando como fuerza que subordina y modifica a éstas. Las leyes generales del capitalismo actúan a través de un determinado contexto económico-social y de esta manera configuran las características nacionales. Los nacionalistas y los stalinistas persisten tercamente en su idea de que la economía mundial no es más que un agregado simple y mecánico de las economías nacionales con todas sus características diferenciales, al extremo de que no la consideran una unidad dialéctica, en cuyo seno los diferentes componentes se encuentran en inter-relación, sino como agregados ocasionales que da lugar a la dependencia unilateral entre las metrópolis del gran capital y la periferia semicolonial, por ejemplo.

La ciencia obliga a considerar a las fuerzas productivas -tratándose de la realidad de determinado país- como dimensiones internacionales, porque, precisamente, también los países atrasados conforman la economía mundial. Así, de acuerdo a la ciencia, en el momento actual del desarrollo de la economía capitalista mundial, las fuerzas productivas están supermaduras para la revolución proletaria, que es mundial por esencia. Considerado así el problema, se llega a la conclusión de que la clasificación de los diferentes países en maduros y no para la revolución -nos estamos refiriendo al factor económico, es decir objetivo, y no a la evolución de la conciencia de clase- no pasa de ser un esquematismo, aunque es manejado con suma fruición por los profesores escolásticos.

En su momento, que fue el de la dilucidación del carácter de los países latinoamericanos y de la revolución que podía darse en ellos, apuntamos que resultaba obligado puntualizar que el capitalismo había ingresado francamente al período de su decadencia y desintegración, esto pese a las explosiones aisladas de bonanza que podía darse en determinadas regiones del globo, lo que impone la conclusión de que los países de desarrollo rezagado ya viven su experiencia capitalista bajo la forma de economía combinada (coexistencia de diversos modos de producción) y que ya no les está permitido esperar un desarrollo pleno y libre en el marco de la gran propiedad privada burguesa, como siguen sosteniendo machaconamente nacionalistas y stalinistas y todos aquellos que de una u otra forma acaban entrampados en la revolución por etapas. Se tiene la impresión de que en este último caso no fue la caracterización del país la que llevó a señalar el tipo de revolución a realizarse, sino a la inversa, la revolución por etapas obligó a catalogar a los países atrasados corno precapitalistas en su conjunto lo que permitía concluir que ineludiblemente tenía todavía que realizar su revolución democrática, lo que les permitiría contar con una mayoría proletaria producto del salto industrial y altamente educado nada menos que en la escuela de la democracia burguesa ampliamente desarrollada.

La definición de Bolivia dada por el POR, primero a través de la Tesis de Pulacayo y luego de su programa, en sentido de tratarse de un país capitalista atrasado de economía combinada, entroncada en toda la discusión anterior, resultó vital para América Latina y para la revolución en nuestro continente y en el mundo entero. Esta fue una larga batalla teórica librada en el campo del marxismo internacional, pero a nadie se le podía ocurrir que algunos pequeñoburgueses ambiciosos y cargados de una gran dosis de viveza criolla podían penetrar por la ventana, apropiarse de las conclusiones del debate y desvirtuarlas de manera que pudiesen encubrir las viejas concepciones de país feudal y de vigencia de la revolución democrática. Para sorpresa de propios y extraños, los “izquierdistas” proburgueses del más diverso matiz se apresuraron en copiar la definición porista y aparentando mucha inocencia, como quien nada hace, le añadieron el término dependiemte, que, de manera inconfundible, supone el unilateral sometimiento del país atrasado al imperialismo. La obligada deducción: Bolivia aun no es parte integrante de la economía mundial y sigue inmersa en el precapitalismo -no debe confundirse con el poco desarrollo del país- en espera de la revolución demoburguesa. No hay lugar al menor equívoco: la teoría de la vigencia de la revolución democrática separa, mediante un abismo insalvable, a los izquierdistas que desarrollan el programa de la clase obrera de los que sirven de canal para la difusión de la política burguesa.

Lo que se plantea más arriba es solamente la posibilidad, la tendencia de la revolución proletaria, que ciertamente no se materializa de una manera mecánica, sino a través de la clase revolucionaria, de la mediación del desarrollo de la conciencia de clase. Si tomamos en cuenta el factor subjetivo, precisamente, podemos llegar a la conclusión de que la revolución proletaria en Bolivia se dará en la etapa que nos ha tocado vivir y no en un futuro intederminado. No solamente entonces, sino ahora, cuando la presencia de¡ proletariado como clase es indiscutible y a la luz de los acontecimientos que tienen lugar ante nuestros ojos, se corrobora ¡a validez de la teoría de la revolución permanente, tornada como método y no como simple consigna.

La socialdemocracia rusa y no únicamente Trotsky, nos proporcionan los antecedentes para comprender la interrelación entre el proletariado y los campesinos y el rol que éstos deben cumplir en la revolución. El marxismo ruso, que aparece como una escisión crítica del populismo, tuvo necesariamente que analizar y comprender a la vasta masa campesina, poner de relieve la gran belicosidad y tenacidad de sus luchas y la imposibilidad de que se trocase en comunista. Trotsky, que estaba de acuerdo con Lenin al señalar a las fuerzas motrices de la revolución, fue muy claro desde el primer momento al señalar que la dirección en el proceso revolucionario ruso correspondía al joven y minoritario proletariado y no a la mayoría campesina, heredada del pasado histórico. Ni duda cabe que los hombres de la gleba, en cierto momento, cuando están seguros de haber sido defraudados tanto por la impotencia, las promesas y la demagogia de las tiendas burguesas, se desplazan hacia el campo obrero, buscando satisfacer sus demandas, esto pese, a que la dictadura del proletariado no podrá menos que sustituir la pequeña propiedad parcelaria por la gran granja colectiva. La actitud revolucionaria del campesinado contra el orden social imperante le permite en esta etapa de lucha por la destrucción de la burguesía, identificarse con el proletariado; mañana, instaurada que sea la dictadura de esta clase social y gracias al apoyo directo y militante de la mayoría nacional, aparecerán nítidas las diferencias entre ambas clases sociales.

Qué vacío y altisonante aparece el empeño de nuestros pequeñoburgueses que se agotan en el esfuerzo de ubicarse en el campo para concientizar a los hombres del agro y convertirlos en socialistas con la ayuda de prédicas y planes filantrópicos. De aquí deducen -de igual manera que todos los utopistas- que la nueva sociedad vendrá sin dolores ni sangre, todo gracias a la labor propagandística que realizan. Los populistas, de una manera admirable y sin paralelo, ya tuvieron oportunidad de demostrar el equívoco de tales planteamientos y esto hace un siglo. El subjetivismo y el voluntarismo, expresiones ideológicas de la negación del marxismo, plantearon algo imposible por haber olvidado una pequeña cosa, pero que forma parte de la base económica material de la sociedad: el campesino produce de manera individual y con sus aperos de labranza primitivos, está pegado a la tierra como su adminículo, sin haber logrado enseñorearse en ella. El socialismo boliviano llegó a ser marxista en el momento en que se emancipó de la influencia del indigenismo y así pudo plantear la lucha de clases en su verdadera dimensión. Los precursores fueron superados por los realizadores. La masa campesina es muy numerosa, pero está compuesta por la yuxtaposición de productores individuales y pequeños propietarios, que se convierten en el factor decisivo que impide que las naciones-clases oprimidas y explotadas puedan expresar sus intereses generales, es decir, expresarse políticamente, constituir fuertes partidos políticos campesinos y actuar conscientemente. No se trata de subalternizar a los campesinos, como creen algunos, sino de ubicarlos en su verdadero papel: no pueden ser dirección revolucionaria, esto porque no están presentes como clase -no han logrado adquirir conciencia- sino como masa combativa, pero actúan como fuerza motriz que puede permitir la radical transformación de la sociedad y que la clase obrera alcance el poder. El proletariado está obligado a configurar su liderazgo revolucionario en estrecha relación con la masa campesina. No repite la hazaña de los que se desplazan al agro para trocarlo en socialista, sino que en el calor de la lucha cotidiana sella la alianza obrero-campesina, que quiere decir que la clase revolucionaria de la ciudad dirija a la masa campesina, no para detenerse en el marco democrático y desarrollar el capitalismo, sino para convertirse en gobierno obrero-campesino (dictadura del proletariado), capaz de orientar todas las energía nacionales hacia la estructuración de una sociedad sin clases, sin opresores ni oprimidos.

La alianza obrero-campesina, viga maestra de la estrategia revolucionaria, no es propiamente un pacto político sellado entre potencias de igual peso, después de interminables pugnas alrededor de los objetivos que se persiguen o de los métodos a emplearse, sino uno que se da en el calor de la lucha y en el que, de manera natural, la dirección revolucionaria impone objetivos y métodos. Si la dirección proletaria es aplastada o defecciona, es claro que se hundirá todo el movimiento revolucionario. Ni siquiera en este último caso se puede dar el caso de los campesinos dirigiendo políticamente al proletariado -el campo dirigiendo a la ciudad-, pues el actual desarrollo de la sociedad humana no ofrece resquicio alguno por el que pueda asomar una sociedad campesina ubicada entre el capitalismo y el socialismo, esa sociedad utópica sería nada menos que una de pequeños propietarios e importaría que la rueda de la historia retroceda muchos siglos.

Algunos de los planteamientos del movimiento que tan pretenciosamente se autocalifica como nacionalista revolucionario y que se afana por colocarse como puente entre capitalismo y comunismo tiene algunos puntos de contacto con el indigenismo. Es también una proposición utópica que no encuentra cabida en el desarrollo de la sociedad humana. En la realidad palpable existe únicamente el nacionalismo de contenido burgués que pretende inútilmente solucionar el atraso mediante el desarrollo integral y libre del capitalismo.

La historia nos presenta al trotskysmo como sinónimo de anti-stalinismo y en ninguna otra parte aparece tan admirable la lucha apasionante e incansable de Trotsky contra la política contrarrevolucionaria desarrollada por la burocracia stalinista. No se trata únicamente del destino del Estado ruso, calificado por Trotsky comó obrero degenerado, sino del destino del movimiento revolucionario mundial en su conjunto.

Como quiera que la historia se hace a través de los hombres y éstos, de manera consciente o no, se limitan a facilitar o a obstaculizar el cumplimiento de las leyes de la transformación de la sociedad, la lucha política, que se exterioriza a través de las pasiones, virtudes y defectos de los protagonistas, casi siempre. aparece como una disputa personal, como un simple encontronazo de virtudes y de defectos de los caudillos. Este estrecho criterio está muy lejos de la realidad en el caso que nos ocupa. Trotsky encarnó no únicamente a la tradición revolucionaria, al marxismo o al leninismo, sino a las fuerzas revolucionarias vivas y actuantes de la revolución colocadas frente a la política al servicio de la burguesía imperialista y que tan cínicamente usa y abusa de la rica tradición revolucionaria.

Trotsky, aunque no hubiese luchado ejemplarmente, al extremo de caer abatido en medio de la batalla, contra la barbarie thermidoriana -la reacción dentro del proceso revolucionario-, habría ingresado a la historia gracias a su magistral análisis de la burocracia stalinista y que constituye un ejemplo de admirable utilización del método marxista. ¡Qué diferencia con las conclusiones de Kruschev en el XX congreso del PCUS, donde el stalinismo aparece como obra personal, como el resultado de las secreciones glandulares del caudillo enloquecido, conclusiones que son tan del agrado de los historiadores burgueses!

Para Trotsky el stalinismo es un fenómeno histórico que responde a determinadas condiciones de la política rusa y mundial, íntimamente vinculadas al desarrollo del proceso revolucionario mundial. El estudioso de la historia pudo encontrar un ántecedente en el thermidor de la revolución francesa, hechas las salvedades del caso. El stalinismo ha sido el resultado del largo aislamiento de la revolución rusa -la burocracia presentó el problema patas arriba en su “teoría” del socialismo en un solo país-, de relativa y momentánea estabilización del capitalismo y de la reacción particularmente apoyada en los nepman que insurgieron de la necesaria reactivación de la economía soviética -NEP-; éstas poderosas fuerzas conservadoras encontraron en el grupo de Stalin dentro del propio partido bolchevique, en las cualidades administrativas, en la rudeza de quien sorprendió a todos concentrando en sus manos gran parte del aparato partidista y dando la impresión de que para lograr el éxito le importaban muy poco las ideas y los programas, el canal adecuado para imponerse sobre el proletariado y la revolución. El stalinismo utilizó como su base de sustentación el cansancio de la clase obrera rusa que salía de una larga y cruenta guerra civil y en los kulaks enriquecidos. A la política contrarrevolucionaria de la burocracia, expresión de la degeneración no solamente del Estado obrero, sino del propio partido que timoneó la victoria de Octubre, siguió la más profunda revisión de los fundamentos teóricos, del marx-leninismo. Hay que remarcar que no se trató de una simple teorización, sino del esfuerzo por justificar una política francamente contrarrevolucionaria y al servicio del enemigo de clase en todos los rincones del mundo. El trotskysmo se conformó como fuerza opositora a la burocracia tanto dentro del partido comunista ruso, de la Internacional Comunista, y del mismo Estado ruso, proponiendo medidas concretas encaminadas a lograr que tanto Estado como partido lograsen reencontrar el surco revolucionario. La lucha interna en favor del imperio del centralismo democrático y del programa marxista es un deber elemental de todo elemento que se considere revolucionario. Únicamente después de la victoria del fascismo en Alemania en 1933, donde el stalinismo abandonó el campo de batalla sin combate, complicándose seriamente en el encumbramiento de Hitler, la Oposición de Izquierda orientó su trabajo hacia la formación de una nueva Internacional, de la IV, a fin de preservar de su total destrucción a la tradición marx-leninista, a la bandera de la revolución proletaria.

Los escritos de Trotsky y toda la experiencia recogida de los numerosos y grandes esfuerzos que inútilmente se han hecho para poner en pie la Cuarta Internacional, como la dirección mundial que reclama este mundo convulsionado, nos han permitido comprender en toda su dimensión lo que es la Internacional, cuyo primer antecedente tiene que buscarse en la Primera Intrernacional de 1864, como partido de la revolución socialista mundial, verdadera unidad centralizada que corresponde al carácter también mundial del capitalismo, particularmente en su etapa imperialista. El partido es el programa, en este caso el Programa de Transición, que tiene que considerarse como el método que permite a las masas, partiendo de sus necesidades y estado de ánimo del momento, encaminarse hacia el poder. Sin embargo, ese programa mundial tiene que concretizarse en programas nacionales, en teorías de la revolución aplicables a los diversos países, pues la clase obrera, pese a su carácter mundial, se organiza y se rebela nacionalmente.

En la medida en la que las secciones de la Cuarta Internacional se vieron reducidas por mucho tiempo a grupúsculos de intelectuales o estudiantes pequeñoburgueses, perdieron su vinculación con la actividad creadora de las masas, se esclerosaron y se convirtieron en terreno fértil para la degeneración: el pensamiento marxista dialéctico fue sustituido por fórmulas frías y por expresiones de inconfundible revisionismo. La dirección revolucionaria tiene que conocer la realidad que pretende transformar y dar respuestas oportunas a todas las situaciones políticas que siempre son inéditas. De la experiencia internacional negativa se saca una valiosa lección: la Cuarta que emergerá potente será aquella que enraíce en poderosas movimientos de masas y se nutra de todo lo que hacen las masas con sus manos.

En este terreno, la obra del POR en Bolivia constituye un valioso capital para la puesta en pie de la IV Internacional.

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