Lenin: Posición marxista sobre la cuestión de la guerra y la paz

Publicamos este documento sobre el problema de la paz, escrito en el primer año de la Primera Guerra Mundial, porque establece precisamente la política del proletariado ante una guerra de dominación. No por casualidad, Lenin, en los mismos meses de julio y agosto de 1915, escribió un folleto «El socialismo y la guerra», mediante el cual desarrolló ampliamente las tesis marxistas de las guerras en la época del capitalismo imperialista.

La defensa del principio del derecho de las naciones oprimidas a la autodeterminación y a la separación se ha convertido en parte integrante del programa de la revolución proletaria. El rechazo de cualquier tipo de opresión que sufran las débiles naciones sólo puede ser practicado por el partido que prepara constantemente las condiciones para la destrucción del capitalismo y la construcción de la sociedad socialista. Por eso Lenin afirma, en «El socialismo y la guerra»: Los socialistas no pueden alcanzar su elevado objetivo si no luchan contra cualquier tipo de opresión de las naciones. En el manuscrito «El problema de la paz», Lenin hace la misma referencia: «La consigna de la autodeterminación de las naciones debe ser aplicada igualmente en relación con la época imperialista del capitalismo«.

La explicación del vínculo entre la bandera de la paz y las aspiraciones de la clase obrera y los demás explotados nos parece muy importante. Esto es distinto de la farsa burguesa, que utiliza la bandera de la paz para imponer la opresión del vencedor sobre el vencido. Hay que prestar mucha atención a la siguiente orientación leninista: «¿Significa esto que los socialistas pueden permanecer indiferentes ante las demandas de paz de las masas cada vez más amplias? En absoluto. Una cosa son las consignas de la vanguardia políticamente consciente de los obreros y otra muy distinta las reivindicaciones espontáneas de las masas. El anhelo de paz es uno de los síntomas más importantes de la incipiente desilusión respecto a la mentira burguesa sobre los objetivos «libertadores» de la guerra, sobre la «defensa de la patria» y, además, la que la clase de los capitalistas se empeña en engañar a la plebe. Los socialistas deben prestar la máxima atención a este síntoma. Todos los esfuerzos deben tender a utilizar el estado de ánimo de las masas a favor de la paz».

A continuación publicamos el texto de Lenin. (POR Brasil – Masas nº677)


EL PROBLEMA DE LA PAZ (Lenin – Julio Agosto 1915)

El problema de la paz, como programa actual de los socialistas, así como el problema de las condiciones de la paz, relacionado con él, interesan a todos. Imposible pasar por alto el reconocimiento que nos merece el periódico Berner Tagwacht por el intento que apreciamos en él de plantear el problema, no desde el habitual punto de vista nacional pequeñoburgués, sino desde un punto de vista verdaderamente proletario, internacional. La nota de la Redacción que apareció en el núm. 73 (“Friedenssehnsucht”)*, que dice que los socialdemócratas alemanes que desean la paz deben romper (sich lossagen) con la política del gobierno de los junkers, es magnífica. Son magníficas las manifestaciones del camarada A. P. (núms. 73 y 75) contra “los aires de suficiencia de los charlatanes impotentes” (Wichtigtuerei machtloser Schonredner), que tratan en vano de resolver el problema de la paz desde un punto de vista pequeñoburgués.

Veamos cómo deben plantear este problema los socialistas.

La consigna de la paz puede plantearse en relación con determinadas condiciones de paz, o bien sin condición alguna, como la lucha, no por una paz determinada, sino por la paz en general (Frieden ohne weiters). Es evidente que en este último caso nos hallamos ante una consigna que, además de no ser socialista, carece, en general, por completo de contenido, de sentido. Por la paz en general están sin duda todos, sin exceptuar a Kitchener, Joffre, Hindenburg y Nicolás el Sanguinario, pues cada uno de ellos desea terminar la guerra: el problema consiste en que cada uno pone condiciones de paz imperialistas (es decir, de rapiña y de opresión de pueblos ajenos), que favorecen a “su” nación. Es preciso formular las consignas para explicar a las masas en la propaganda y la agitación la diferencia irreconciliable que existe entre socialismo y capitalismo (imperialismo), y no para conciliar dos clases enemigas y dos políticas hostiles mediante una palabrita “unificadora” de las cosas más diversas.

Prosigamos. ¿Es posible unir a los socialistas de los distintos países en base a determinadas condiciones de paz? Si es así, entre esas condiciones debe figurar incuestionablemente el reconocimiento del derecho de todas las naciones a la autodeterminación y la renuncia a cualesquiera “anexiones”, o sea, a la violación de ese derecho. Pero reconocer ese derecho sólo a algunas naciones significa defender los privilegios de determinadas naciones, es decir, ser un nacionalista y un imperialista, no un socialista. Y si se reconoce este derecho a todas las naciones, no se puede hablar, por ejemplo, sólo de Bélgica, sino que hay que englobar a todos los pueblos oprimidos, tanto en Europa (los irlandeses en Inglaterra, los italianos en Niza, los daneses, etc., en Alemania; el 57 por ciento de la población de Rusia, etc.) como fuera de Europa, es decir, todas las colonias. El camarada A. P. las ha citado muy a propósito. ¡¡Inglaterra, Francia y Alemania tienen una población aproximada de 150 millones de habitantes, y oprimen en las colonias a una población de más de 400 millones de seres!! La esencia de la guerra imperialista, es decir, de la guerra que se hace en defensa de los intereses de los capitalistas, no se limita a la guerra para oprimir a nuevas naciones, al reparto de las colonias; consiste, además, en que la hacen, principalmente, las naciones avanzadas, que oprimen a varios otros pueblos que abarcan a la mayoría de la población del globo.

Los socialdemocratas alemanes que justifican la conquista de Bélgica o que concilian con ella son, en los hechos, imperialistas y nacionalistas, nunca socialdemocratas, ya que defienden el “derecho” de la burguesía alemana (y, en parte, también de los obreros alemanes) a oprimir a los belgas, los alsacianos, los daneses, los polacos, los negros en África, etc. En vez de socialistas, son servidores de la burguesía alemana, a la que ayudan a robar otras naciones ajenas. También los socialistas belgas que plantean como única reivindicación liberar e indemnizar a Bélgica, defienden en los hechos una reivindicación de la burguesía belga, que desea continuar saqueando a los 15 millones de habitantes del Congo y obtener concesiones y privilegios en otros países. Los burgue­ses belgas han invertido en el extranjero cerca de 3.000 millones de francos; de ahí que en los hechos el “interés nacional” de la “heroica Bélgica” sea proteger los beneficios que reportan esos miles de millones, por medio de cualquier engaño y trapacería. Lo mismo puede decirse —aunque en grado superlativo— de Rusia, Inglaterra, Francia y Japón.

Por consiguiente, si la reivindicación de la libertad de las naciones no es una frase falsa, que oculta el imperialismo y el nacionalismo de unos cuantos países, debe hacerse extensiva a todos los pueblos y a todas las colonias. Esta reivindicación, por otra parte, carece evidentemente de contenido sin una serie de revoluciones en todos los países avanzados. Más todavía: es irrealizable si no triunfa la revolución socialista.

¿Significa esto que los socialistas pueden permanecer indiferentes ante las demandas de paz de masas cada vez más amplias? De ninguna manera. Una cosa son las consignas de la vanguardia políticamente conciente de los obreros; otra, las demandas espontáneas de las masas. El anhelo de paz es uno de los síntomas más importantes de la incipiente desilusión respecto de la mentira burguesa sobre los objetivos ‘liberadores” de la guerra, sobre la “defensa de la patria” y demás, que esgrime la clase de los capitalistas para engañar a la plebe. Los socialistas deben prestar la mayor atención a este síntoma. Todos los esfuerzos deben tender a utilizar el estado de ánimo de las masas en favor de la paz. ¿Pero cómo utilizarlo? Reconocer la consigna de paz y repetirla sería tanto como estimular ‘los aires de suficiencia de los charlatanes impotentes” (y con frecuencia algo peor: hipócritas). Sería engañar al pueblo con la ilusión de que los actuales gobiernos, las actuales clases dirigentes son capaces, sin haber sido “instruidos” (o, más exactamente, desalojados) por varias revoluciones, de llegar a una paz que satisfaga en cierta medida a la democracia y a la clase obrera. Nada más peligroso que este engaño. Nada ciega más a los obreros, les inculca la falsa idea de que la contradicción entre el capitalismo y el socialismo es superficial; nada hay que encubra mejor la esclavitud capitalista. No; debemos utilizar el estado de ánimo favorable a la paz para explicar a las masas que los beneficios que esperan de ella son imposibles sin una serie de revoluciones.

Nuestro ideal es la terminación de las guerras, la paz entre los pueblos y el fin de los saqueos y las violencias; y sólo los sofistas burgueses pueden tratar de seducir con ello a las masas, apartando este ideal de la propaganda inmediata y directa de acciones revolucionarias. El terreno para esa propaganda está preparado, y para llevarla a cabo se necesita romper con los oportunistas, esos aliados de la burguesía que impiden la labor revolucionaria, tanto directa (llegando hasta la delación) como indirectamente.

La consigna de la autodeterminación de las naciones debe ser planteada de igual modo en relación con la época imperialista del capitalismo. No somos partidarios del statu quo, no somos partidarios de la utopía pequeñoburguesa de mantenerse al margen de las grandes guerras. Somos partidarios de la lucha revolucionaria contra el imperialismo, es decir, contra el capitalismo. El imperialismo consiste precisamente en la tendencia de las naciones que oprimen a varias otras, a ampliar y reforzar esa opresión, a repartir las colonias. Por esta razón, en nuestra época, la clave del problema de la autodeterminación de las naciones reside en la propia conducta de los socialistas de las naciones opresoras. El socialista de una nación opresora (Inglaterra, Francia, Alemania, Japón, Rusia, Estados Unidos, etc.) que no reconoce ni defiende el derecho de las naciones oprimidas a la autodeterminación (es decir, a la libre separación), en realidad no es socialista, sino chovinista.

Sólo este punto de vista permite luchar de manera consecuente, sin hipocresía, contra el imperialismo y plantear el problema nacional (en nuestra época) de modo proletario, no pequeñoburgués. Sólo este punto de vista puede conducir a una aplicación consecuente del principio de luchar contra toda forma de opresión de las naciones; disipa la desconfianza entre los proletarios de las naciones opresoras y de las naciones oprimidas, y conduce a la lucha solidaria, internacional, por la revolución socialista ( es decir, por el único régimen en que es realizable la completa igualdad de derecho nacional) y no por la utopía pequeñoburguesa de la libertad de todos los pequeños Estados, en general, bajo el capitalismo.

Este mismo es el punto de vista de nuestro partido, es decir, de los socialdemócratas de Rusia identificados con el CC. Este mismo era el punto de vista de Marx, quien enseñó al proletariado que “un pueblo que oprime a otros pueblos no puede ser libre”. Desde este punto de vista es que Marx planteaba la separación de Irlanda de Inglaterra, esto en interés del movimiento de liberación, no sólo de Irlanda, sino especialmente de los obreros ingleses.

Si los socialistas ingleses no reconocen ni defienden el derecho de Irlanda a la separación: los franceses, el de la Niza italiana; los alemanes, el de Alsacia y Lorena. del Schleswig danés y de Polonia: los rusos, el de Polonia, Finlandia. Ucrania, etc.; los polacos el de Ucrania; si todos los socialistas de las “grandes” potencias, es decir, de las potencias que realicen grandes saqueos, no defienden este mismo derecho para las colonias, es única y exclusivamente porque en la práctica son imperialistas y no socialistas. Y es ridículo hacerse la ilusión de que la gente que no defiende “el derecho a la autodeterminación” de las naciones oprimidas y que pertenece ella misma a las naciones opresoras, es capaz de una política socialista.

En vez de permitir que los charlatanes hipócritas engañen al pueblo con frases v promesas sobre la posibilidad de una paz democrática, los socialistas deben explicar a las masas la imposibilidad de una paz medianamente democrática sin una serie de revoluciones v sin una lucha revolucionaria en cada país contra el propio gobierno. En vez de permitir que los políticos burgueses engañen a los pueblos con frases sobre la libertad de las naciones, los socialistas deben explicar a las masas de las naciones opresoras que no tienen perspectiva de liberación si ayudan a oprimir a otras naciones, si no reconocen y defienden el derecho de esas naciones a la autodeterminación, es decir, a la libre separación. Tal es la política socialista, y no imperialista, válida para todos los países, en cuanto al problema de la paz y al problema nacional. Es cierto que esta política es incompatible en su mayor parte con las leyes que castigan los delitos de alta traición; pero también es incompatible con ellas la Resolución de Basilea, que tan vergonzosamente han traicionado casi todos los socialistas de las naciones opresoras.

Hay que elegir: entre el socialismo o el sometimiento a las leyes de los señores Joffre e Hindenburg, entre la lucha revolucionaria o el servilismo ante el imperialismo. No hay término medio. De ahí el enorme daño que causan al proletariado los inventores hipócritas (u obtusos) de la política de la “línea intermedia”.

(Extraído das Obras Completas, Lênin, tomo XXII, Akal Editor)

 

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