Protestas en Irán: el régimen nacionalista-teocrático se aferra al poder masacrando a las masas movilizadas

Con un balance de más de 500 muertos y 18.000 detenidos, el gobierno nacionalista-islamista ha conseguido aplastar el movimiento de masas, que se levantó a mediados de septiembre con la muerte de Mahsa Amini, una joven kurda asesinada por la policía moral de Iran, acusada de llevar el hiyab de forma «inapropiada».

Para aplastar el movimiento, el gobierno ha recurrido a la Guardia Revolucionaria y a la milicia Basij, organizaciones militares y paramilitares ideológicamente leales al régimen nacionalista-teocrático. Otras medidas incluyen el bloqueo de Internet y los servicios telefónicos, la tortura e incluso la pena de muerte para los manifestantes. El anuncio realizado el 3 de diciembre por el fiscal general del país de que se pondría fin a la policía moral sólo sirvió al régimen como falsa promesa para ganar tiempo y seguir adelante con las medidas represivas.

El movimiento, encabezado por mujeres iraníes contra la opresión religiosa, fue el detonante de una serie de luchas de las masas en defensa de sus condiciones de vida, la última de las cuales tuvo lugar en mayo de este año, contra el aumento del coste de la vida, con manifestaciones en todo el país. Poco a poco, las masas desafían el autoritarismo del régimen y ganan terreno en la lucha de clases. Con semejante represión, el régimen ha logrado contener la furia de las movilizaciones, pero cavó bajo sus pies las trincheras ocupadas por las fuerzas sociales radicalmente opositoras.

El movimiento de masas, en su mayoría de la pequeña burguesía arruinada del campo y la ciudad, fue capaz de sacudir el régimen autocrático. Sin embargo, la ausencia de una política revolucionaria impide que toda esta energía se canalice hacia su derrocamiento revolucionario y la constitución de un gobierno obrero y campesino, es decir, un gobierno de la mayoría oprimida.

La clase obrera no permaneció inerte, e incluso llevó a cabo luchas, como la huelga y manifestación de unos 1.000 trabajadores del petróleo el 10 de octubre en la ciudad de Asaluyeh, al grito de «muerte a Jamenei», y la huelga del 17 de diciembre de petroleros en varias ciudades del sur del país, por mejores salarios y condiciones de trabajo. Sin embargo, sin el partido revolucionario, el proletariado no ha sido capaz de poner en pie su propia política de poder, y dirigir a la mayoría oprimida no sólo contra la burguesía iraní, sino también contra el imperialismo, que ha estado tratando de utilizar el descontento de los iraníes para estrechar el cerco sobre el país.

Lo fundamental es que se mantiene la crisis política del régimen nacionalista-teocrático, que es incapaz de satisfacer las necesidades más sentidas de los explotados, y que se apoya en los aparatos ideológico-obscurantistas y represivos para mantenerse en el poder. Todo esto no hace más que atestiguar la descomposición del nacionalismo burgués que, tras haberse apoyado en la insurrección antiimperialista de 1979 para llegar al poder, pronto se convirtió en el verdugo de las masas revolucionarias y desde entonces ha acentuado su carácter antipopular. La clave de la situación es que la clase obrera adquiera conciencia de clase y dirija el levantamiento popular, bajo una estrategia revolucionaria, que pasa por la constitución de un partido revolucionario en el país, como parte de la reconstrucción del Partido Mundial de la Revolución Socialista, la IV Internacional.

(POR Brasil – Massas nº680)

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