Estados Unidos amenaza con invadir Cuba
El ejemplo de Venezuela demuestra que solo la movilización de la clase obrera, en alianza con los campesinos y el resto de los oprimidos urbanos, puede combatir la ofensiva del imperialismo
La tarea de la vanguardia con conciencia de clase es constituir el frente único antiimperialista, bajo las banderas de la autodeterminación de las naciones oprimidas, la soberanía nacional, la nacionalización del gran capital, el fin del intervencionismo de las potencias y de las guerras de dominación
¡Defensa incondicional de Cuba!
La Revolución Cubana de 1959 rompió con la herencia del colonialismo y, en particular, con los lazos de dominación del imperialismo. La isla del mar Caribe, cercana a Estados Unidos, estableció su autodeterminación e independencia nacional mediante la revolución que expropió a los terratenientes, entregó las tierras a los campesinos, golpeó al capital extranjero, nacionalizó la economía, impuso el monopolio del comercio exterior y abrió el camino de la transición del capitalismo al socialismo.
La Revolución Cubana se produjo en el marco de la profunda crisis mundial del capitalismo, cuyos efectos en América Latina fueron la base de los movimientos de liberación nacional. Estados Unidos no pudo aplastar la revolución en un país completamente agrario precisamente debido a la convulsa situación latinoamericana, marcada por el avance de la lucha de clases. Es decir, por las revueltas obreras, campesinas y de los sectores de la clase media urbana arruinada. A pesar de los golpes militares y de las derrotas sufridas por los movimientos nacionales —en gran medida dirigidos por direcciones nacionalistas burguesas y pequeñoburguesas— que siguieron a la revolución de 1959, no fue posible hacer triunfar la reacción imperialista montada en el continente por Estados Unidos.
La Revolución Cubana se nutrió de los logros de la Revolución Rusa de 1917 y de la Revolución China de 1949. Así sucedió porque confluía con los logros del proletariado mundial. Estados Unidos no tuvo éxito en la invasión de Bahía de Cochinos, en 1961, utilizando a los cubanos refugiados en Miami, pero mantuvo el control colonialista del territorio de Guantánamo, donde conservó su base militar construida en 1898.
El hecho de no haber logrado aplastar la revolución puso de manifiesto la fuerza del proletariado mundial y latinoamericano. Su política de amenaza constante de invasión a Cuba se basó en el bloqueo económico, las sanciones y los frecuentes intentos de constituir una oposición contrarrevolucionaria al régimen de Fidel Castro.
El proceso de restauración capitalista, la disolución de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) y la integración al orden mundial capitalista llevaron al aislamiento de Cuba y a su debilitamiento económico, lo que favoreció el bloqueo de Estados Unidos. También contribuyeron de manera decisiva a ello la política de colaboración de clases desarrollada por el reformismo burgués y pequeñoburgués y los golpes militares que cobraron fuerza a partir de mediados de la década de 1960. Estados Unidos utilizó su poderío económico y militar para organizar y alimentar un amplio movimiento contrarrevolucionario en América Latina. Es importante señalar el golpe de Banzer, de agosto de 1971, en Bolivia, que tuvo como objetivo liquidar la Asamblea Popular e impedir la revolución social. Cabe destacar también el inicio del proceso golpista en el continente a partir de Brasil, con el golpe militar de 1964, que derrocó al gobierno nacionalista de João Goulart. A continuación, se produjeron los golpes contrarrevolucionarios en Chile y Argentina.
En este contexto tan adverso para la lucha obrera y campesina, resulta sorprendente que Estados Unidos no haya logrado barrer la Revolución Cubana. La explicación radica en que los logros transformadores en ese país tan limitado desde el punto de vista capitalista echan raíces profundas en la revolución latinoamericana, que, a pesar de estar bloqueada y adormecida, nunca dejó de acechar al imperialismo.
Ahora, las amenazas de Estados Unidos y las medidas reaccionarias lanzadas y mantenidas por el imperialismo estadounidense durante décadas adquieren una dimensión distinta y pueden retomar históricamente la invasión de Bahía de Cochinos. La intervención militar en Venezuela, el derrocamiento del presidente Nicolás Maduro, la capitulación del ala chavista encarnada por Delcy Rodríguez y la entrega del control del petróleo a la gestión de la Casa Blanca han potenciado el viejo objetivo de los gobiernos estadounidenses de acabar de una vez por todas con los logros de la revolución social en Cuba. Esta ofensiva se apoya en la implantación de gobiernos de derecha y ultraderecha, francamente proimperialistas, en América Latina. Esta vez, el bloqueo económico es más efectivo. Cuba ya estaba debilitada económicamente y golpeada políticamente por el proceso de restauración capitalista.
El cerco imperialista llegó al punto de que Trump ofreciera la migaja de 100 millones de dólares como forma de financiar a un grupo de oposición que se aprovecha de las precarias condiciones de vida de la población. El criminal de guerra habla en nombre de la «ayuda humanitaria», que se entregaría a la Iglesia Católica. A cambio, el gobierno cubano tendría que allanar el camino para el regreso de los capitalistas cubanos y estadounidenses.
El proceso abierto contra Raúl Castro y otros miembros del Gobierno cubano, que en 1996 autorizaron el derribo de dos aeronaves que partieron de Estados Unidos e invadieron el espacio aéreo cubano, con la justificación de defender a un grupo de desertores que salía del país en dirección a Miami. Esta medida no es más que una burda justificación para una posible invasión de la isla, en caso de que el Estado cubano no entregue a los condenados por la ley estadounidense. Recordemos que, en el caso de Venezuela, la justificación fue que Maduro formaba parte del narcoterrorismo, acusación que posteriormente se tiró a la basura.
Rusia y China, que podrían romper su aislamiento, mantienen posiciones nacionales contenidas y neutralizadas. Países latinoamericanos que podrían socorrer a Cuba, como México y Brasil, siguen los mismos pasos de Rusia y China. En palabras, todos condenan el aplastamiento económico y se declaran contrarios a una intervención de Estados Unidos, como la que ocurrió en Venezuela.
El Gobierno chino se reunió con Donald Trump, mostró la importancia estratégica de Taiwán, pero se contuvo ante el avance de Estados Unidos en su objetivo de anexionar Cuba. A continuación, Xi Jinping se reunió con Vladimir Putin, y decidieron publicar una declaración en defensa de la autodeterminación de Cuba. Por ahora, todo queda en palabras, mientras Estados Unidos libra una guerra de dominación en Oriente Medio contra Irán, Israel avanza en su guerra de anexión de Palestina, bombardea el Líbano, y la guerra en Ucrania sigue siendo el eje de la crisis mundial.
En este preciso momento, la Unión Europea celebra una reunión de ministros de Asuntos Exteriores de la OTAN en Suecia para debatir su financiación y su relación con Estados Unidos, que está retirando parte de su contingente militar de Alemania y trasladándolo a Polonia. Se trata de un encuentro motivado por los conflictos de los europeos con Estados Unidos en torno a la exigencia de Trump de que la Unión Europea se incorpore a la guerra contra Irán y, en particular, a la apertura del estrecho de Ormuz.
El imperialismo en su conjunto tiene en común la decisión de impulsar la escalada militar. Rusia, en este contexto, busca exhibir su poderío realizando una prueba de misiles con capacidad nuclear.
La dramática situación de Cuba surge en un contexto de agravamiento de la guerra comercial y de las medidas intervencionistas de Estados Unidos. He aquí por qué las contradicciones económicas del capitalismo y las disputas de mercado, así como la carrera tecnológica, que implica la cuestión de las materias primas, están gestando una amplia crisis política en Europa e, incluso, en Estados Unidos. Latinoamérica acaba reflejando y sirviendo de caja de resonancia a los conflictos mundiales, encarnados por las potencias imperialistas.
El factor decisivo para reaccionar ante el proceso de desintegración capitalista y para defender las condiciones de existencia de las masas se encuentra en la lucha de clases. Las masas oprimidas tienden a reaccionar en todas partes, incluidos los Estados Unidos. Los acontecimientos más recientes de la lucha de clases en América Latina se manifiestan en Bolivia. El gobierno ultraderechista y proimperialista de Rodrigo Paz apenas se ha sentado en la silla presidencial y ya ha sentido cómo el suelo temblaba bajo sus pies con los levantamientos campesinos, de sectores de la clase media urbana y de los obreros. La importancia de este acontecimiento radica en que la situación preinsurreccional cuenta con la presencia del Partido Obrero Revolucionario (POR), que ha intervenido para que el movimiento converja con la estrategia revolucionaria de la toma del poder y la constitución de un gobierno obrero y campesino.
Es siguiendo esta línea como la vanguardia revolucionaria trabaja en el seno de las masas para constituir una asamblea popular y poner en pie el frente único antiimperialista. Este es el camino que hay que seguir en Brasil y en América Latina. Es con el programa de la revolución social y con la organización del frente único antiimperialista como la mayoría oprimida luchará por la autodeterminación de las naciones oprimidas, por el fin del intervencionismo en Venezuela y contra los ataques de Estados Unidos a Cuba.
¡Viva la Revolución Cubana!
¡En defensa de las conquistas revolucionarias de Cuba!
(POR Brasil – Masas n°764)
