4ta formación sobre China parte II- 1984: Decisión sobre la reforma de la estructura económica
Luego del XII Congreso, el PCCh balanceó que la reforma que comenzó en las zonas rurales fue un éxito y que era momento de acelerar la reestructuración de la economía nacional de conjunto, centrándose en las empresas urbanas. Estableció que “solo el socialismo puede salvar a China” y que los “profundos cambios que han tenido lugar en los 35 años desde la fundación de la República Popular son una demostración inicial de la superioridad del sistema socialista”. Y agrega: “esta superioridad, cabe señalar, aún no se ha desarrollado plenamente”.
Analiza que los objetivos principales del Sexto Plan Quinquenal (1981-1985) se cumplieron antes de lo previsto. Continúa atacando a la fracción maoísta a la que acusa de defender un “socialismo de la miseria”, basado en la distribución igualitaria (de la pobreza) y no en el desarrollo de las fuerzas productivas, que debería ser la esencia del socialismo.
A su vez plantea, por un lado, la necesidad de profundizar el rol del mercado para definir los precios y permitir que se exprese la Ley del Valor, y por el otro, lanza un conjunto de reformas para las empresas urbanas.
La planificación económica, el mercado y la Ley del Valor
El PCCh hizo un planteo novedoso: “descartar la idea tradicional de oponer la economía planificada a la economía mercantil”. Se refiere a la “idea tradicional” del estalinismo: concebir la planificación económica a la manera estalinista, es decir, burocrática. Cabe destacar que para los trotskistas este planteo no tiene nada de novedoso.
El PCCh, bajo la dirección de Deng, sostiene que “la economía planificada socialista es una economía mercantil planificada basada en la propiedad pública, en la que la ley del valor debe seguirse y aplicarse conscientemente… La diferencia entre la economía socialista y la capitalista, en lo que respecta a la economía mercantil y la ley del valor, no reside en si estas siguen funcionando, sino en la diferencia de propiedad, en si existe una clase explotadora y si los trabajadores son dueños del Estado, en los diferentes fines de la producción, en si la ley del valor puede aplicarse conscientemente en toda la sociedad y en los diferentes ámbitos de las relaciones mercantiles. En nuestras condiciones socialistas, ni la fuerza de trabajo ni la tierra, las minas, los bancos, los ferrocarriles y todas las demás empresas y recursos estatales son mercancías”.
Por otro lado, sostienen que la economía planificada no significa necesariamente el predominio de la “planificación obligatoria”: “los planes orientados se cumplen principalmente mediante el uso de palancas económicas; los planes obligatorios deben implementarse, pero incluso entonces debe observarse la ley del valor. La planificación obligatoria se aplicará a los principales productos que inciden directamente en la economía nacional y el sustento de la población…”.
Sin trazar un paralelismo mecánico, es preciso deshacerse de los preconceptos propios del centrismo y de la burocracia estalinista, estudiando cómo se pararon Lenin y Trotsky frente los problemas concretos de la economía soviética. Así como defendieron la necesidad de la Nueva Política Económica (NEP) en la URSS, Trotsky y la Oposición de Izquierda dieron una dura batalla contra la posterior deformación económica del estalinismo.
Veamos cómo planteaba la cuestión Trotsky en el Informe sobre la Nueva Política Económica soviética y las perspectivas de la revolución mundial, pronunciado ante el IV Congreso de la III Internacional el 14 de noviembre de 1922:
“Las empresas del Estado entran en competencia entre ellas mismas, y en parte con las empresas privadas que, como sabemos, no son numerosas. Sólo así, la empresa nacionalizada aprenderá a funcionar correctamente. No existe otro modo para llegar a tal meta. Ni los planes económicos incubados entre los muros de un despacho, ni los sermones comunistas abstractos garantizarán nada de ello. Cada empresa del Estado, con su director técnico y comercial, deberá necesariamente estar sujeta a un control permanente que provendrá no sólo de arriba, o del Estado, sino también de abajo, es decir del mercado que continuará siendo el regulador de la economía estatal durante largos años en el futuro. A medida que la industria ligera estatal, consolidándose en el mercado, comience a proveer al Estado con ingresos, adquiriremos medios de circulación para la industria pesada…
“Nuestro Estado, por su parte, no renuncia completamente a la economía planificada, es decir, a introducir correcciones deliberadas y perentorias en las actividades del mercado. Actuando de esta forma, el Estado no parte de un cálculo a priori o de planes hipotéticos extremadamente inexactos y abstractos, como ocurrió durante el comunismo de guerra. Su punto de partida se encuentra en la acción del mercado; y uno de los instrumentos de regulación del mercado es la condición de la moneda del país y de su sistema de crédito gubernamental centralizado…
“La pretendida ‘capitulación’ del poder soviético al capitalismo es deducida por los socialdemócratas no a través de un análisis de hechos y cifras, sino mediante vagas generalidades, así como del término de ‘capitalismo de Estado’ que nosotros empleamos para referirnos a nuestra economía estatal. En mi opinión, este término no es ni exacto ni conveniente. El camarada Lenin ha subrayado ya en su informe la necesidad de poner este término entre comillas, es decir, utilizarlo con muchas precauciones. Es una recomendación muy importante porque no todo el mundo es prudente. En Europa fue interpretado equivocadamente incluso por los comunistas”.
Este planteo tan contundente era una precisión fundamental en la Unión Soviética en aquella época. Al ser muy pocas veces estudiado, mayormente ocultado y en otras ocasiones tergiversado, permitieron que florezca la concepción stalinista de la economía, que los centristas arrastran mecánicamente hasta la actualidad.
El bloqueo económico posterior a la que fue sometida la Revolución Rusa, por parte el imperialismo, comenzaba a resquebrajarse y las presiones del capitalismo mundial se sentían con mayor potencia en la nueva economía soviética. Era preciso saber combinar las palancas de la planificación económica con el papel regulador del mercado en el naciente Estado Obrero. Trotsky -aunque derrotado por la burocracia dirigente- intervino magistralmente en ese debate, precisó y pronosticó el derrotero general de la economía, dejando lecciones imperecederas.
La reunificación
No podríamos pasar por alto una de las cuestiones más trascedentes de este período es la política de reunificación de China: volver a traer a Hong Kong, Macao y Taiwán. Se elaboraría la curiosa idea de “un país, dos sistemas” con el cual se recuperaría Hong Kong en 1997 y Macao en 1999.
En 1984 el gobierno chino negoció con Inglaterra el retorno de la soberanía sobre Hong Kong en 1997, adoptando el compromiso por 50 años de que “permanecerá sin cambio el sistema social y económico allí vigente, no se modificarán en lo fundamental sus leyes ni su modo de vida ni su status como puerto franco y centro comercial y financiero internacional” y que Beijing “excepto tropas, no enviará funcionarios al gobierno de la región especial de Hong Kong”.
Esta política será aplicada también en Macao (en manos de Portugal) y será la base para la postura china respecto a la reincorporación pacífica de Taiwán, aclarando siempre que no renuncian al uso de la fuerza si este camino se muestra inviable.
Ni duda cabe que este país con “dos sistemas” resultaría una forma de entender la coexistencia pacífica reflejada en el interior de China, sería el vago intento de conciliar las tendencias socialistas y capitalistas dentro del Estado Obrero que justamente implica lo contrario, la lucha a muerte entre estas dos fuerzas. Las presiones del capitalismo con posibilidades y necesidades de crecer, de abarcar mayores sectores, resultaría, inevitablemente una fuerza que buscaría imponerse por sobre las nacientes relaciones de producción que comienzan a desarrollarse. En el caso de Hong Kong y de Taiwán no debemos perder de vista que se trata de poderosos centros industriales y financieros en manos de multinacionales, que además sirvieron de puente entre la República Popular China y la economía mundial. El PCCh era consciente de que la condición para asimilar a Hong Kong y Macao, y llegado el momento Taiwán, era la fortaleza económica de la China comunista. La burguesía, que sí existe como clase en estos enclaves del imperialismo, reflejando los objetivos generales del capital financiero internacional, buscaría tomar las riendas de China para balcanizarla, destruir sus fuerzas productivas, colocarla bajo el dominio de las potencias capitalistas.
Algunas conclusiones que surgieron durante el rico debate de nuestro Partido en esta formación:
Aunque China es hoy en día una potencia tecnológica e industrial, continúa siendo, en cierta medida, un país oprimido por el imperialismo, ya que Taiwán sigue en manos de los Estados Unidos y de la burguesía que logró escapar en el 49. China es un Estado Obrero cercado por el imperialismo. También sigue siendo, en cierta medida, un país atrasado. Aunque su PBI rivalice con EEUU en términos absolutos, con una población 4 veces mayor, su productividad, de conjunto, es 4 veces menor.
A algunos se les antoja que China es el camino y el faro para el desarrollo capitalista en los países atrasados. Contrariamente, el siglo de humillaciones demostró cuál es el destino que el capitalismo tiene para los países semicoloniales. Fue la Revolución China la que demostró el camino para todos los países atrasados y semicoloniales: no hay forma de desarrollar las fuerzas productivas y empezar a resolver los grandes problemas de la población si no se termina con la gran propiedad privada y se expulsa al imperialismo por medio de la revolución.
Por tanto, el desarrollo de China es producto de la Revolución Proletaria, no del capitalismo. Fue el Estado Obrero, la expropiación de la burguesía, la expulsión del imperialismo y la propiedad estatal de los principales medios de producción lo que estableció las bases para la industrialización de China y los avances en la mejora de las condiciones de vida de las masas. Sin la revolución China seguiría subsumida en el atraso y sometida al domino del imperialismo, como la India.
China logró cuadriplicar el PBI en 20 años, 2 veces. Sacó a 800 millones de personas de la pobreza. China representa las ¾ de las estadísticas mundiales de la reducción de la pobreza, y eso lo consiguió un Estado Obrero, no un Estado Burgués.
Las condiciones para los logros y avances de China se dan sobre la base de la traición a la revolución mundial, la política de coexistencia pacífica y la teoría del “socialismo en un solo país”. La burocracia dirigente en China, tal y como sucedió con la burocracia soviética, subordinó la lucha por la revolución mundial a las necesidades de desarrollo del Estado Obrero chino, lo que la convierte en una burocracia contrarrevolucionaria.
El imperialismo estadounidense decidió aprovechar la trágica ruptura de relaciones entre la URSS y China, favoreciendo a esta última para zanjar definitivamente la ruptura e impedir una alianza entre los dos Estados Obreros más importantes. Esta es una de las mayores traiciones al proletariado mundial, que hoy en día estamos pagando. Las rupturas de los Partidos Comunistas dirigidas por el PCCh rápidamente se orientaron en una política de apoyo a las burguesías nacionales que llega hasta nuestros días.
El socialismo en un solo país nunca ha existido como tal. Para los marxistas, el comunismo o socialismo es la disolución de las clases sociales, del Estado y de la explotación del hombre por el hombre. Un Estado Obrero, es decir, la Dictadura del Proletariado, no es más que una etapa transicional entre el capitalismo y el comunismo, y nunca puede darse de forma aislada. Si la Revolución no triunfa a nivel internacional, si la burguesía imperialista no es desarmada, expropiada y destruida, no hay posibilidad de alcanzar la disolución de las clases. No hay cómo comprender los fenómenos de la lucha de clases si no se asimila que la dictadura del proletariado es un período de transición donde persiste la lucha entre el viejo y el nuevo sistema.
Hasta aquí algunas de nuestras reflexiones y discusiones. Seguimos con la tarea de estudiar China y su historia. Somos conscientes de que, ante el imperialismo, siempre vamos a estar del lado de la nación oprimida sin importar su dirección y enfrentaremos la retórica de los revisionistas del trotskismo que vomitan propaganda del imperialismo a cada paso.
(Nota de MASAS n°504)
