La crisis mundial de la inmigración tiende a agravarse
El capitalismo en descomposición provoca gigantescos desplazamientos de masas humanas
La defensa de los inmigrantes depende de la organización y la lucha de clases del proletariado
Ceuta es un pequeño enclave español en el norte de África. Se calcula que cuenta con 83.600 habitantes. Sin embargo, ha vuelto a ser noticia porque miles de marroquíes lo han invadido en busca de acceso a Europa a través de España. Se trata de la ruta más corta entre Marruecos y el enclave español. La vía terrestre los separa aproximadamente por 8 km. Por este motivo, España ha establecido un riguroso sistema de vigilancia, custodiado por las fuerzas policiales de ambos países. La valla fronteriza, protegida por agentes de policía, alcanza «10 metros en las zonas más vulnerables». La frontera marítima, a pesar de suponer un mayor peligro para la vida de los inmigrantes, se utiliza para romper el cerco que impide el desplazamiento de personas.
Desesperados, los inmigrantes arriesgan sus vidas enfrentándose a las corrientes marinas a nado o con flotadores. Una vez superadas las barreras contra la inmigración, cuentan con la posibilidad de ser acogidos por España y, si no tienen medios para sobrevivir en ese país, se dispersan por la Unión Europea.
Según el Gobierno español, 50.000 inmigrantes llegaron a Ceuta, pero las autoridades locales admitieron a 60 000. En la lucha contra las aguas y en los enfrentamientos fronterizos se registraron 57 muertos. En mayo de 2021, aproximadamente 10.000 personas se aventuraron a llegar a Ceuta. Se confirmaron tres fallecidos. Como se puede observar, los acontecimientos recientes han sido más contundentes. La masa de jóvenes, sobre todo, que se enfrentó a las aguas del mar, puso de manifiesto el agravamiento de la cuestión migratoria.
Durante la primera quincena de junio, en Belfast (Irlanda del Norte), los manifestantes bloquearon calles, destrozaron edificios, incendiaron coches, atacaron viviendas y se enfrentaron a la policía, como respuesta a un ataque con arma blanca perpetrado por un refugiado sudanés contra un irlandés. Se desató así otro movimiento antiinmigrante. Cabe señalar que, desde 2024, se han recrudecido las acciones contra los inmigrantes.
Lo que está ocurriendo en Irlanda es una prolongación de los conflictos raciales que han marcado políticamente al Reino Unido. Bastó una noticia falsa sobre el asesinato de tres niños en Southport para acusar a un inmigrante musulmán y, de este modo, desencadenar una ola de protestas antiislámicas. Tanto en Inglaterra como en Irlanda del Norte, los sindicatos y las organizaciones políticas salieron en defensa de los inmigrantes, alzando banderas contra la xenofobia.
En Sudáfrica, el fin del régimen del apartheid en 1994 no acabó con la discriminación racial ni con la xenofobia. En 2008 se produjo una ola de violencia contra inmigrantes procedentes de Mozambique, Somalia, Malaui y Zimbabue. Unos 60 inmigrantes fueron asesinados y miles fueron expulsados. Esto allanó el camino para que en 2021 surgiera el movimiento «Operación Dudula» (Operación de Expulsión), cuya bandera principal era la deportación de inmigrantes ilegales. Se creó una especie de fuerza destinada a intervenir en los barrios marginales. La violencia xenófoba avanzaba bajo el régimen democrático-burgués, que sustituyó al del apartheid. En abril de 2026, se reavivaron las protestas contra los inmigrantes en Pretoria y Johannesburgo. Dos meses después, el movimiento «March and March» (Marcha y Marcha), creado en 2025, volvió a la carga contra los inmigrantes y fijó la fecha del 30 de junio como hito para la expulsión de los inmigrantes ilegales.
Uno de los pilares de la política del Gobierno de Trump se basa en la lucha contra la inmigración y contra los millones de inmigrantes que se encuentran en el país. La crisis social en América Latina, en particular, ha potenciado el flujo migratorio en la frontera con México en 2021. El Gobierno de Biden ha endurecido las medidas represivas, pero Trump ha llevado al extremo las detenciones, las deportaciones y las prohibiciones. Otorgó poderes dictatoriales al ICE (Servicio de Inmigración y Control de Aduanas). Lo importante, sin embargo, es que tanto el Gobierno demócrata como el republicano han lanzado una ofensiva contra los inmigrantes. Basta con ver que, durante su mandato, Biden ha deportado y obligado a regresar a cerca de 1,5 millones de inmigrantes. Hay cifras más amplias que apuntan a 4,4 millones de repatriaciones (deportaciones formales, devoluciones en las fronteras, expulsiones durante la pandemia). Trump, hasta julio de 2026, contribuyó con 600 000. Bajo la figura de las «autodeportaciones», fueron 1,9 millones. La operación policial del ICE en el estado de Minnesota, al provocar la muerte de dos estadounidenses, dio lugar, a finales de enero, a manifestaciones y huelgas contra la política de Trump y las acciones represivas de la policía de inmigración. Al igual que las manifestaciones contra la xenofobia en Irlanda e Inglaterra, las de Estados Unidos marcan el camino de la lucha de clases para hacer frente a las bárbaras manifestaciones del capitalismo en descomposición.
Según el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), el número de personas que han sufrido desplazamientos forzados pasó de unos 43 millones en 2010 a 117,8 millones a finales de 2025.
Las particularidades de cada región y país no ocultan la base común de sus causas. Desde Ceuta hasta Sudáfrica y de allí a Estados Unidos, pasando por los distintos continentes, las principales causas de la inmigración son el desempleo, la miseria y el hambre que afectan a un amplio sector de la población mundial. Las guerras y los conflictos armados intensifican y amplían la crisis social, que ya es gigantesca. Son los casos de la guerra en Ucrania y en Irán, y de la masacre en la Franja de Gaza, Cisjordania y el Líbano.
El atraso económico que prevalece en la mayoría de los países impide que los Estados nacionales puedan dar una respuesta mínima a las causas sociales de la inmigración. Están sometidos al dominio, al saqueo y a las imposiciones político-militares ejercidas por el imperialismo, que constituye la ultraminoría de países capitalistas altamente desarrollados. Son precisamente los saqueadores del mundo quienes promueven las guerras entre los Estados y gestan las guerras civiles en el seno de las naciones oprimidas.
Millones y millones de personas que solo cuentan con su fuerza de trabajo para sobrevivir recurren a la migración hacia los países desarrollados, que subordinan las condiciones económicas y sociales de los países atrasados y que están destinados a seguir siendo vasallos del capital imperialista. No es casualidad que sea precisamente la juventud obrera y campesina la que sufre en carne propia las condiciones de bajo desarrollo económico y las trabas impuestas por un puñado de potencias. En sus países, está condenada a sufrir la miseria y a padecer todo tipo de males sociales. Al acudir a los países avanzados en busca de trabajo, se encuentra con un capitalismo en descomposición, que ya no puede desarrollar ampliamente las fuerzas productivas, que dicta las guerras comerciales y que impulsa la escalada militar.
Los acontecimientos de Ceuta son una señal más de que el régimen social capitalista no tiene nada que ofrecer a las masas trabajadoras y, en particular, a la juventud, salvo salarios bajos, subempleo, desempleo, miseria, delincuencia, represión policial y guerras de dominación. Por eso la crisis migratoria no es una excepción que afecte a tal o cual país. Al contrario, se extiende por todos los continentes. Son los países más atrasados los que pagan un precio más alto por su retraso económico y por su sometimiento a las potencias imperialistas.
El resurgimiento del racismo y de todo tipo de manifestaciones xenófobas va en aumento entre un sector de la población que desconoce las causas y está sumido en la decadencia. Sectores de la burguesía y de la pequeña burguesía, desesperados, alimentan las tendencias políticas fascistizantes, que se refugian en el seno del Estado burgués. El movimiento antiinmigración, sobre todo en Europa, está encarnado por las corrientes nacionalistas de extrema derecha, como la AfD (Alemania), el Reagrupamiento Nacional (Francia), Hermanos de Italia o el Partido de la Libertad (Países Bajos), entre otros. La AfD defiende abiertamente el nazismo. Es sintomático que Italia, dirigida por un gobierno de extrema derecha, reaccionara rápidamente a la crisis de Ceuta, acusando a España de facilitar la actuación de los inmigrantes y amenazando con la posibilidad de romper el Acuerdo de Schengen, que regula la libre circulación en la Unión Europea.
Las divergencias que se están agudizando en las entrañas de la burguesía y de los Estados burgueses en torno al fenómeno de la inmigración ponen de manifiesto la incapacidad de la clase capitalista para encontrar una vía de reformas progresistas que atenúen el choque entre las nacionalidades e integren a las poblaciones más afectadas por el agotamiento histórico del capitalismo de la época imperialista. Al tiempo que estas contradicciones plantean a la clase obrera la necesidad de reaccionar con su programa transformador, sacan a la luz la gravedad de la crisis mundial de dirección revolucionaria.
Los retrocesos históricos de las últimas décadas tras la Segunda Guerra Mundial fueron consecuencia de profundas derrotas de la clase obrera internacional. Así lo demuestra el proceso de restauración capitalista y el bloqueo de las revoluciones proletarias. Lo esencial, sin embargo, radica en el proceso de desintegración del capitalismo y el avance de la barbarie social. Estas condiciones objetivas son determinantes para que el proletariado recurra a la vía de la revolución social. Corresponde a la vanguardia con conciencia de clase recuperar las conquistas del pasado e impulsar programáticamente la construcción de los partidos marxista-leninista-trotskistas, como parte de la reconstrucción del Partido Mundial de la Revolución Socialista, la IV Internacional.
(POR Brasil – Masas n°769)
